¡QUÉDATE EN CASA!_DÍA 44_ RELATO…VENGO DE LAS ESTRELLAS_PARTE 3

Imagen de la red

No sé cuánto tiempo transcurrió…

Probablemente demasiado, pues apenas podía soportar el dolor. Sentía mi cuerpo magullado, sin fuerzas para oponer resistencia e inevitablemente: tuve que empezar a atravesar aquel estrecho túnel.

Pasé aún un largo tiempo encajado entre sus paredes, ni siquiera me atrevía a abrir los ojos, pero de repente, algo terriblemente frío se aferró a mi cabeza y empezó a tirar de ella, mientras yo iba perdiendo el latido acelerado de mi madre tras mi cuerpo.

Una luz cegadora, me estaba deslumbrando, a pesar de que mis ojos querían seguir cerrados. Aquellas palas, asidas a mi cráneo, me presionaban de tal manera, que ni siquiera era capaz de concentrar mi pensamiento.

Estaba anclado allí de tal forma y me dolía tanto, que apenas podía distinguir si el dolor era solamente en mi cráneo o se había extendido a todo mi cuerpo… En ese momento no tuve dudas. Tenía que salir de allí, escapar de aquella inmensa agonía.

Logré concentrar toda mi energía, pensé en la fuerza de mi estrella y en un último impulso: salí dejando atrás el ritmo de mis propios latidos. Me quedé flotando en el aire, tal como estoy en estos momentos, observándolo todo desde arriba.

Vi como seguían tirando de mi cabeza hasta que finalmente lo lograron. Habían sacado del vientre de mi madre, mi pequeño cuerpo ya sin vida.

Uno de los hombres lo cogió por las piernas, zarandeándolo con energía, mientras mi madre contemplaba la escena con la respiración entrecortada y el rostro inundado en lágrimas.

Nadie estaba haciendo nada por ella, solo había un hombre a su lado que le estaba cogiendo una mano con todas sus fuerzas. Todos los demás se movían nerviosos, tocando aquel cuerpo inerte del cual yo me había desprendido. Sentí que alguien murmuraba en voz muy baja: “¡Lo hemos perdido!” y al escuchar aquellas palabras, mi madre estalló en un llanto que me desgarró completamente.

Empecé a preguntarme, porqué si ella estaba sintiendo aquel dolor no escapaba de su cuerpo como yo mismo había hecho minutos antes.

Tuve que acercarme mucho para ver la bruma de luz azul que la rodeaba. Ya no era la misma que yo había visto mientras estaba al otro lado. Entonces me di cuenta de todo, no era su cuerpo ya el que estaba padeciendo aquel dolor, era su alma, su ser de luz… ¡Se estaba apagando!

El hombre, que antes le sostenía las manos, también lloraba apoyando su cabeza junto al rostro de mi madre. Le oí balbucear algunas palabras entrecortadas y entonces puede reconocer su voz. La había sentido muchas veces mezclada con la de mi madre. Era mi padre.

Sentí y vi con mis propios ojos todo lo horrible que se presentaba este mundo: metálico y frío, con aquella luz blanca y cegadora inundando toda la estancia en que nos encontrábamos. Nada era azul, ni había rastro de paz alguna  a mi alrededor. No me sentía capaz de vivir en un lugar así. Por eso creí que había llegado el momento de partir definitivamente de allí. Miré hacia arriba, invocando a mi estrella. ¿Dónde estaba ahora el camino de regreso?, ¿Acaso podría también mi madre venir allí conmigo?

Traté de hablarle en mi lenguaje sin palabras. ¡Vociferé, llamándola sin palabras! Pero ella no me oía o no entendía aquel lenguaje con en el que yo trataba desesperadamente de comunicarme con ella.

De repente, sentí una extraña fuerza que me atraía hacia su pecho y quise estar unos instantes junto a ella. Algo empezaba a decirme, que no podía marcharme de aquel modo, sin despedirme, después del largo tiempo en que había estado viviendo y desarrollando mi cuerpo en su interior.

Volví primero frente a mi pequeño cuerpo, vi un hilo plateado prácticamente imperceptible que me unía aún a él. Y en aquel momento, sentí un fuerte deseo de volver a tomarlo. De regresar, a pesar del dolor que pudiese causarme de nuevo la experiencia.

Me concentré pensado en aquella luz rosada tan hermosa, que lo envolvía todo cuando entré por primera vez. Reviví el amor de la aureola azul que el cuerpo de mi madre desprendía cuando la vi por primera vez, antes de entrar en su ser. Y entonces, pude sentir de nuevo una fuerte sacudida. Una corriente energética que me estremeció por completo. Sorprendido, me di cuenta de que ya no existía el dolor. Ahora solo sentía frío, mucho, mucho frío…

Empecé a mover mis pequeños brazos, aturdido. Alguien se abalanzó rápidamente sobre mí al percibir mis torpes movimientos. Me cogieron nuevamente por las piernas, palmeando esta vez con suavidad mi espalda.

Un aire espeso estaba penetrando a través de mi boca, llegando como una ráfaga hasta el centro de mi pecho. Algo se me quebró por un instante dentro y sentí como aquella punzada de aire clavada en mi interior, me hacía estallar en un poderoso llanto.

El hombre que me sostenía gritó al instante: “¡Está vivo!, ¡Está vivo!, ¡Es increíble!”

Me cubrió rápidamente con una tela muy suave. Me limpió la nariz y me puso sobre el pecho de mi madre. Abrí los ojos y pude ver su rostro y como de nuevo, empezaba a brillar aquella luz tan hermosa que lo rodeaba. Había dejado de llorar y ahora cobijaba tiernamente entre sus brazos mi cuerpo, mientras me besaba.

Sentí que mi padre también me tocaba; deslizando suavemente una mano por mi cabeza y cogiendo con su otra mano una de las mías, como si fuese el tesoro más grande del mundo.

Una oleada de amor me estremeció por completo, porque al silenciar mi llanto pude escuchar a través del pecho de mi madre de nuevo el latido de su corazón. Aquel sonido tan familiar que siempre lograba devolverme la paz y la calma.

Y entonces decidí quedarme allí para siempre y aprender a vivir al lado de su corazón. Finalmente comprendía lo que acababa de sucederme…

Había nacido en el mundo de los hombres.

Pasaron apenas unos minutos y me iba sintiendo cada vez mejor entre sus brazos. Y entonces; cerré los ojos y me sumergí perpetuamente en el olvido, perdiendo hasta hoy mis recuerdos, mientras lloraba y lloraba de frío, hasta que me quedé completamente dormido sobre su pecho.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Ahora ya soy un anciano, con un cuerpo tan cansado y viejo que últimamente hacía que me sintiese demasiado torpe y agotado.

Recuerdo los sueños de los últimos días aquí en la tierra… Algo superior a mí me estaba pidiendo que descansara, que regresara al espacio donde el cuerpo ya no es necesario.

Hoy sé que cumplí la meta que me trazaron.

Aprendí a vivir en este mundo lo mejor que pude. He conocido la dicha intensa y el llanto amargo, el dolor y el placer pegado al cuerpo y al alma. He conocido a lo largo de mi vida hombres bondadosos y hombres terriblemente aferrados a sus egos. He tenido la suerte de tener muchos años conmigo al más fiel de los amigos: mi hermoso perro Sensei, el mayor maestro de amor incondicional que me ha acompañado, durante largo tiempo en esta vida.

He sido niño y hombre, amigo y no amigo, hijo y padre, amado y amante.

Sí, he tenido la dicha de ser amado y amante. Pero sobre todo he sido hasta al final de mi vida: la luz y la sombra de mi propio reflejo interno, aquel que nació en el alma de una estrella.

Ahora ya solo deseo volver junto a ella. No quisiera escapar esta vez del olvido, pero aún desconozco lo que va a sucederme.

Vuelven a pasar todas las imágenes de nuevo fugaces frente a mí…

Veo en una proyección inmensa toda mi vida. Pasan velozmente cada uno de los sentimientos y los seres, que me han acompañado en este camino. También las emociones que he vivido, los mejores recuerdos, los más bellos… La película más hermosa, que ahora puedo imaginar: la de mi vida, aquí en la Tierra. Y todo aquello que no desearía olvidar, sino llevarme conmigo para contarle a mi estrella.

“Cielo limpio” en Barcelona, imagen tomada al amanecer desde el Guinardó

Empiezo a regresar al sueño en el que vuelvo a ver a todas mis almas amadas: a mi madre, a mi amada esposa María, a mi querido y fiel amigo Sensei*, a mi estrella… Están todos conmigo.

Y yo me siento empujado por esa extraña fuerza del cielo que me obliga a salir del tiempo, de la carne a la que sé, que ya no pertenezco.

Sensei* en japonés significa maestro.

Aparece de nuevo el túnel frente a mí: su increíble y maravillosa luz, está inundándolo todo. Primero rosada, luego color oro y allí al final del camino, al fondo del trayecto…

Azul, intensamente azul índigo…

Hoy es viernes de un día de la Era de Acuario. Sé que está reinando piscis en el cielo estelar, el último signo del camino del alma. El final de la rueda.

Todo es azul de nuevo. Índigo, como el lugar al que pertenezco y al que estoy regresando en un largo sueño, flotando entre nubes de brumas azules y doradas esperanzas…

de reencuentro.

Fin
Akaal – Ajeet Kaur (feat Trevor Hall) – with lyrics english/french
El amanecer del alma
Om mani padme hum

Con este largo relato, que viene de mi mundo de sueños lúcidos, he deseado hacer un homenaje a todos aquellos que se han marchado y se están marchando de esta Tierra que conocemos, como consecuencia de la Pandemia que ahora estamos viviendo. Y también a cada uno de su amigos y familiares; con el deseo por mi parte de que puedan de alguna manera consolarse, al comprender que TODOS venimos de las estrellas y que el regreso a ellas, cuando decidimos marcharnos, es infinitamente hermoso.

Muchas Gracias, a todos los que os habéis acercado a leer este relato de la vida y la muerte.

En realidad, siento que todo es mucho más sencillo de lo que imaginamos y recreamos tantas veces en nuestras mentes.

Regreso a la primera cita del relato, para despedirme ya de vosotros…

“Los pasos que damos en la vida, son el sentido de nuestro camino

y el camino que recorremos es lo que da sentido a nuestras vidas.

Somos viajeros del tiempo regresando a la Tierra…

Venimos de muy, muy  lejos. Venimos de las estrellas.

Somos esencia divina, viviendo una experiencia humana.

Caminando sobre la Tierra para aprender a ser humanos.

Pero eso solo podemos lograrlo siguiendo el único camino verdadero:

el de nuestro corazón.

Caminando con firmeza, con impecabilidad sobre la Tierra,

y poniéndonos al servicio y haciendo del corazón:

el verdadero oficio”

MM

¡Quédate en casa!_día 44_ relato…Vengo de las estrellas_parte 2

Imagen de Pintarest

Según fui comprendiendo; allí debería vivir primero en una madre para luego crecer fuera de ella y transformarme poco a poco en hombre.

Recuerdo que empecé a preguntarme, cómo sería ser un hombre y si acaso no iba a ser demasiado doloroso vivir esa experiencia de estar tan solo y tan lejos del cuerpo de mi estrella. 

Pronto supe que no iba a estar tan solo. Me contaron que allí había millones de seres como yo, y que aquel lugar hacia el que yo me dirigiría era un planeta muy rico, pero agotado y ensombrecido día tras día a causa de que los seres que lo habían ido habitando no habían respetado la armonía de su naturaleza y generación tras generación, en el transcurso de los tiempos, se había ido destruyendo en gran parte su riqueza.

Contaban que allí existía un sentimiento profundo que no se vive en el cosmos. Lo llamaban dolor y todo era confuso en él. Reinaba el miedo y la soledad en los seres que así se sentían y que incluso la mayor parte de ellos, que procedían de cuerpos estelares como el mío, se inundaban en ese dolor al haber perdido completamente sus recuerdos al llegar a la tierra,

Supe también, que allí las personas, a menudo se sentían solas y extrañas, que no veían la luz, ni crecían dentro de ella. Que todo era bastante contradictorio, que se vivía en los extremos del sentimiento, de la razón, de la mente, del corazón y de los egos.

Había hombres que amaban intensamente y se entregaban a una vida noble y otros que, sin embargo, vivían confundidos entre el odio y la desesperanza y hasta llegaban a matarse entre ellos alimentando la maldad y la venganza, sin averiguar nunca lo que buscaban con aquello.

No cesaba de preguntarme, cómo viviría yo en aquel lugar, quien iba ser mi nueva madre, aquella que me iba a dar una vida nueva, tan diferente a la única que yo conocía hasta entonces. Pero, sobre todo: cómo iba a poder reconocerla y encontrarla, en aquel mundo que, a mis ojos, parecía tan extraño.

Recuerdo que pensé, si acaso debía tener ella una luminosidad azul tan hermosa como la de mi estrella.

Estuve bastante triste unos días antes de marcharme, pues todo cuanto necesitaba era la luz de mi estrella. Viviendo y siendo parte de aquel cuerpo de luz y polvo cósmico era donde desde que tuve memoria de ser, yo había aprendido a fluir; presente y consciente en la totalidad, en la paz absoluta que mi estrella se había proporcionado siempre.

Fue un larguísimo viaje, sí. Pero no tuve ninguna duda cuando al fin la encontré. Había soñado con su imagen, tuve una visión clara: vi su rostro humano, sus ojos brillantes y una bruma azulada que la envolvía, del mismo modo que una nebulosa azul rodeaba a mi estrella, cuando yo me separaba de ella para contemplarla en la lejanía.

Sé que estuve un tiempo distante de ella, simplemente observándola. Hasta que un día, mientras soñaba, me vi arrastrado de una forma casi mágica hacia su cuerpo. Sentí una fuerza increíblemente poderosa y me encontré de repente en el umbral de un largo túnel rosado. Empecé a sentirme en él blando, cálido y muy dichoso.

Cuando pude darme cuenta, ya había traspasado la barrera que nos separaba y me encontré viviendo en el interior de su ser, de su útero, de su cuerpo de carne, huesos y luz femenina, como la de mi estrella.

Poco a poco, envuelto en aquel pequeño mundo de calor y sensaciones, iba creciendo mi pequeño cuerpo humano.

Imagen de Teresa Salvador, “Fábulas” en Flickr
¡Me gustan las flores!

Empecé a abrirme a los sentidos, aprendiendo a controlar los movimientos de cada uno de mis miembros. Cuando agitaba los brazos, para acercarme las manos hasta la boca y llenarla con mis dedos, en ese afán de chuparlos, sentía un placer inmenso. Sí, eso me gustaba muchísimo.


Imagen de la red

También movía con fuerza las piernas y daba patadas a las paredes blandas que me rodeaban, así probaba probar mis propias fuerzas y cómo mis pequeñas habilidades iban desarrollándose día tras días.

Intuía que a ella le gustaba sentirme jugando, en continuo movimiento. Y yo podía percibir, a través de aquellas paredes de carne, músculo y piel que físicamente nos separaban, el calor de sus manos palpándome a mí.

Y allí complacido, con la boca llena de dedos, la escuchaba hablar a menudo y a veces hasta tatarear una musiquilla que me encantaba, porque me serenaba hasta hacerme caer en un sueño dulce y profundo.

Aprendí más adelante a agudizar mi oído, para apreciar mejor cada matiz del más grande de todos los sonidos: el de su corazón. Su sonido me volvía a transportar a la calma sencilla del Cosmos y con el tiempo, pude llegar a sentirlo con más intensidad que el mío propio. Fui conociendo sus ritmos, porque escuchando aquellos latidos podía percibir muy bien, cómo mi madre se sentía. Y así, si ella descansaba, si no sentía yo ningún movimiento, trataba también de dormirme, en la paz de sus latidos.

Era entonces cuando podía empezar a comprender la vida que ella vivía en ese mundo. A través de mis sueños y no de mis sentidos. También solía viajar desde ellos, de nuevo, hacia la luz de mi estrella. Era un viaje sin cuerpo, sin otro deseo que el de seguir viéndola día tras día, aunque fuera solamente por el breve tiempo que durara mi sueño. A él llegaban también, los maestros de la luz y me contaban cada vez más detalles acerca de mi presente y de cómo iba a desarrollarse todo conforme yo estuviese preparado para ello. Me dijeron que debería abandonar el cuerpo de mi madre y vivir con el mío propio, fuera de aquel tierno espacio que entonces ya era mi único mundo.

Un día al despertar supe que no podría permanecer demasiado tiempo más allí. Apenas tenía sitio para moverme. Ese día, lo reconozco, tuve muchísimo miedo. Un miedo que jamás antes había sentido y me acurruqué, escondiendo la cabeza entre mis brazos, escuchando su latido para recogerme aún más en mí mismo, para no ocupar demasiado espacio, ya que yo no me sentía aún seguro para abandonar aquel lugar que era para mi tan amoroso y placentero.

Me había acostumbrado a jugar con el agua tibia que me envolvía. Intentaba atraparla con mis manos, con mi boca, entraba y salía de ella, se escapaba hacia dentro y cuando en mi torpeza, me la tragaba, me divertía sintiendo como recorría todo mi cuerpo.

Pero un día, mientras dormía, me despertó su latido extrañamente acelerado. Por primera vez sentí, cómo empezaban a oprimirme las paredes de mi casa con una fuerza casi insoportable. Todo temblaba a mi alrededor. Tuve tanto miedo, que empecé a luchar contra aquellas paredes que entonces me parecían hostiles y extrañamente contraídas. Di varios golpes con insistencia y de repente una fuerte sacudida me bloqueó. Sentí como perdía mi agua, me agité inquieto buscándola, pero ya nunca más pude recuperarla.

Algo se había quebrado bajo mi cabeza y me veía cada vez más impulsado hacia ese precipicio que se abría sin remedio ante mí. Apenas sentía ya fuerzas para resistirme. En un momento de breve quietud, pude sentir como mi madre gritaba asustada, estaba llamando a alguien, mientras todo se nublaba en mi mente.

Entonces, pude ver el fondo de mi casa quebrándose bajo mi cabeza, mientras esa fuerza aplastante me empujaba hacia el hueco que acababa de surgir frente a mí.

Continua en el siguiente post…

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Regresando a casa

¡Quédate en casa!_día 44_ Relato…Vengo de las estrellas_parte 1


Obra de Manuel Luna, óleo pintado sobre lienzo: “La carga que tanto pesa” e Imagen de Sirio, tomada de la red

“Los pasos que damos en la vida, son el sentido de nuestro camino

y el camino que recorremos es lo que da sentido a nuestras vidas.

Somos viajeros del tiempo regresando a la Tierra…

Venimos de muy, muy  lejos. Venimos de las estrellas.

Somos esencia divina, viviendo una experiencia humana.

Caminando sobre la Tierra para aprender a ser humanos.

Pero eso solo podemos lograrlo siguiendo el único camino verdadero:

el de nuestro corazón.

Caminando con firmeza, con impecabilidad sobre la Tierra,

y poniéndonos al servicio y haciendo del corazón:

el verdadero oficio”

MM

Obra de Manuel Luna, óleo sobre lienzo: “El poder del olvido

Tengo 84 años y ayer mismo, me atropelló una furgoneta en la calle a solo unos metros de mi casa. Estaba distraído y cruce sin mirar, cuando de repente sentí una fuerte embestida me tiró al suelo frenando en seco sobre mi cuerpo. Creo que se me rompió la pelvis y tal vez alguna costilla porque sentí un dolor tan fuerte, que me desmayé perdiendo completamente el conocimiento.

Hoy, al despertar en este cuerpo maltrecho me he dado cuenta al fin de todo y he estoy tratando de escapar de él, para no sentir más el dolor de la carne y de los huesos rotos, que a pesar de los calmantes se me hace ya insoportable.

Cierro los ojos llenándome de paz al despertar de este sueño que me ha llevado, otra vez, al lugar del que procedo. Creo que hace apenas unas horas que han empezado a volver a mí los recuerdos, y ha sido mientras estaba viendo cómo los médicos manipulaban con sus instrumentos mi viejo cuerpo herido y fracturado, ahí abajo. Sé que esta vez, hagan lo que hagan no voy a regresar.

Me siento flotando en el aire de un frío quirófano hospitalario. Y resulta  gracioso pensar que hacía ya 84 años, que no estaba en un lugar como este…Empiezo a serenarme observando cómo transcurre rápidamente, el tiempo que falta para que al fin pueda marcharme.

Estoy viendo maravillado, con una lucidez absoluta, todo aquello que durante tantos años quise saber. Y ese poder que trae hacia mi ser el recuerdo más antiguo, me permite aniquilar todos los miedos que un hombre siente ante la muerte. Ahora comprendo muy bien, que si el ser humano supiese que en las horas que preceden a su fin regresa a la memoria absolutamente TODO ese miedo que construye a lo largo de su existencia no tendría ningún sentido.

He visto con imágenes y sensaciones a flor de piel, como si de una película proyectada velozmente frente a mí se tratase,  todo cuanto me ha sucedido en estos 84 años de vida en la que ya he pasado por ser niño, hombre y finalmente anciano.

Me he visto llorando, con millares de lágrimas de sal, en el calor del recuerdo que me trae la imagen de María y en el sentimiento profundo que, en mi ser, ella siempre ha despertado.

Mi esposa, María; sus ojos, chispas de vida, sus caricias, su dulzura, tan encargada de despertar en mí el más intenso de los placeres que un hombre puede vivir aquí en la tierra: el sueño del amor realizado.

Y acaso aún me tiembla la arrolladora fuerza de ese amor suyo en la carne, como si fuese  todavía posible, que después de tantos años en mis labios, permanezca aún la esencia de todos los besos que ella me dio. O que permanezca en mi mente, el recuerdo de su voz; como una caricia que en el aire ha seguido cobijándome día tras día, cuando después de 15 años de no tenerla a mi lado no he dejado de pensar en todo cuanto los dos hemos vivido juntos en este mundo.

Iba soñando despierto, como casi siempre, cuando me atropellaron. Sí, María…¿Por qué no iba a reconocerlo? Miro ahora hacia arriba, allí donde quiera que esté y sonrío pensando cuánta razón tenía cuando me decía: “Siempre andas en las nubes… Tan despistado por la calle que un día tendremos un disgusto”.

Pienso también ahora qué suerte que se marchase primero ella pues conociéndola, hubiese sido mucho más duro vivir aquí sin mí para ella.

Más allá de mis recuerdos como hombre me he ido viendo tiernamente en el niño de mi primera infancia, jugando a los juegos que me enseñaron a Ser; creciendo frente a los ojos de mi madre, regocijándome en la risa y en esa felicidad de la inocencia y del florecer de los sentidos. Del vivir tan solamente para el juego, para el mágico instante presente del ahora. Ese es el don de ser niño, ¡Qué triste que a menudo lo perdamos al hacernos adultos!

Sé, que cada uno de esos momentos que viví dentro de mi niño,  fue sumamente importante en mi camino. Y completamente necesario en mi aprender desde la infancia el sentido que iba a tener para mí, ser por primera vez hombre en un mundo donde todo era algo extraño; tan material, tan denso y repleto de dualidades.

Creo que siempre intuí, que por debajo de mis estrellas existían otros lugares lejanos. Mundos en los que el tiempo transcurría a otro ritmo muy diferente al que yo conocía antes de venir aquí.

Hoy he vuelto a recordar que nací en una estrella, en una galaxia muy lejana a este sistema solar. Sí, ahora ya sé que yo vine de un cúmulo abierto de la constelación de Canis, la que contiene a la hermosa estrella Sirio.

El polvo cósmico que envolvía mi grupo estelar desprendía un halo azul que llegaba a transformarse en una nebulosa lila, incluso a veces rosada o roja. De hecho, mi pequeño grupo estelar estaba siempre en continua y maravillosa transformación. Ese fue mi primer hogar, del que surgió mi verdadera esencia hace eones y eones de años.

Había a mí alrededor muchísimos como yo, infinidad de cuerpos estelares habitados por seres de energía y luz como la mía. Desde allí los observaba, fundiéndose en armonía con el cosmos, adoptando incluso la apariencia, la luz y el destello cambiante de las formas estelares que los cobijaban.

Había en mi cielo, estrellas rojas, amarillas, azules, nebulosas doradas, rosadas, todas ellas con matices de colores que jamás pude ver aquí, en este mundo. Aunque siempre el azul, acaba predominando por encima del resto de los tonos.

Moraban allí, junto a nosotros,  unos maestros de luz inmensa, unos sabios; aquellos que mediante su energía nos protegían y nos enseñaban a permanecer en armonía con el cosmos, con el señor de los cielos, que reinaba más allá de las galaxias y de los cuerpos estelares.

Moraban allí, junto a nosotros,  unos maestros de luz inmensa, unos sabios; aquellos que mediante su energía nos protegían y nos enseñaban a permanecer en armonía con el cosmos, con el señor de los cielos, que reinaba más allá de las galaxias y de los cuerpos estelares. Ellos fueron los que me dijeron que debía emprender un largo viaje hacia otro mundo, durante el transcurso del cual se borraría de mi memoria el recuerdo de todo cuanto antes había sido mientras estuve allí.

Un día pronunciaron su nombre, aquel lugar se llamaba “La Tierra”, era un planeta azul y verde que estaba en una galaxia muy lejana a la mía.

Continua en el siguiente post…

Imagen de la Tierra obtenida en la red

Viaje por el Universo