Día 3, December “Sin papeles”

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Paisajes

Nos hemos llenado de paisajes.

De tanto contemplarlos se han quedado

y ahora forman parte de lo nuestro.

Dormimos la paciencia entre los dedos.

La ausencia se hace eterna.

La ternura es un río indomable

que siempre nos desborda

en el mismo territorio de la sangre.

Las islas del recuerdo me siguen envolviendo

en medio de la noche entre tus brazos.

Nos hemos llenado de propósitos,

de besos y te quieros que viajan libremente

de tu ciudad a la mía.

Y ahora que el verano se desprende

que vuelve a ser septiembre

como la primera vez que el tiempo

paraba en nuestros labios.

Quiero pensar que ya no falta demasiado

y que al fin habremos conquistado

todos los paisajes.

Que no será preciso imaginarlos,

vivirlos en nosotros cuando cerremos los ojos.

Que tú estarás aquí, desnudo de motivos

y todos los instantes serán nuestros.

3 de septiembre de 2011,  publicado en “mujer de aire”

********** 

3 de diciembre. “ Sin papeles”

Esto no es un diario. No es tampoco una bitácora de a bordo. Nunca tuve la constancia de escribir una bitácora. De cumplir día tras día con un orden preciso de sucesos. Pero ahora vuelve a ser diciembre y cuando al fin terminé,  yo; te habré sobrevivido después de tres diciembres y eso, sí que vale la pena escribirlo. Aquí en esta casa nueva, que tengo puesta en el aire. Un hogar limpio,  donde poner en fila las palabras. Un espacio real, porque ya no vive en él ni la muchacha de la piel, ni la mujer del sueño. Sólo esta certeza. Este nuevo paisaje donde mis miedos empiezan a ser mis puedos y mis tristezas  “cometas de emergencia” hacia la vida.

No somos nada “sin papeles”. Si no estamos escritos, no existimos. Y hoy  tengo un recuerdo, una imagen viva en la memoria: la del primer diciembre y el fuego. La del vacío en el pecho y la mano temblando llenísima de papeles. Y después… el fogón de la cocina repleto de cenizas. Mis ojos con el agua y la rabia frente al polvo y todas las cenizas de paisajes y papeles que hablaban de nosotros.

En mí país no existes porque ningún papel habla de ti y esto; solo está siendo escrito  en el aire. Ahora tú también eres aire sobre un paisaje de diciembre.  Aquí ya no tienes ninguna imagen. Eres solamente, el tantísimo frío del aire que yo venceré con fuego.

Día 3: avanzaré. Lo juro, que avanzaré. Será un diciembre sin piel. Sin nadie. Será una soledad de fuego y ningún hombre-niño absurdo y hambriento recorrerá una vez más tu inexistencia.

Mi casa huele a incienso. Mi corazón existe porque huele a sangre y aunque tropiece, habla. Pero nosotros ya no somos nada sin papeles. En mi país, no existes. Yo nunca fui tuya. De nuestra historia: solo quiero el fogón que asistió a las cenizas sobre el tercer día, del primer diciembre.

Nunca fueron nuestros los paisajes.

*Imagen Río Tomebamba en Cuenca de Azuay

Día 2, December. “Un ángel”

Un poema de Marwan de su libro: “La triste historia de tu cuerpo sobre el mío”

 Casi

Un álbum de cromos inacabado.

El gol que no marcó Pelé.

Una noche de ensueño que acaba sin un te llamaré.

La flor exacta de un cactus.

Mirar el mar a través del cristal.

Que coincidan con el tuyo cuatro

De los cinco números de la lotería.

Una playa artificial.

Escribir la palabra todo

y tirar de la cadena para que al final

nos quedara la palabra casi.

En eso consistió nuestra historia.

Día 2, December

No volveré a escribir tu nombre. Sólo sé que es Diciembre y voy a sobrevivir.

Esta es “La triste historia de tu cuerpo sobre el mío” o mejor podríamos decir:

“La triste historia de tu amor sobre el mío”

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Cuando empieza un amor, se nos concede un ángel. Así es.

Justo cuando empieza una historia de amor, tenemos a nuestro lado un ángel. Él  es quien “abre la puerta” al amor. Quien muestra las paredes de la casa; si quedaron humedades, o algún que otro desperfecto tras la estancia del último huésped. Es el ángel el que conduce al amor para mostrarle bien todos los rincones. Le enseña dónde se encuentran los puntos frágiles; en qué lugar quedaron daños y cómo ahí, precisamente por eso, debe ser más delicado y entrar con más suavidad en ese nuevo corazón.

Y así es como las paredes del corazón de cada uno de los amantes, son “mostradas” al amor por el ángel para que todo empiece mejor.

En nuestra historia de amor, tuvimos solamente un ángel ciego. Un ángel tan ciego como el propio amor.

En nuestra historia de amor: el ángel fui yo.

Día 1, December

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Día 1

No volver a abrir la puerta a aquel Diciembre. No a que vuelva a temblar en mi raíz, el rigor de aquella muerte. No a que pueda yo volver a intentar jamás arrancarte de mí: Salvaje, ni en la mentira, ni en el jirón de otro hombre. Quiero que deje de herirme en esta piel diciembre, porque tú ya no existes y ya no he de arrancarte. Nunca volveré a volar al otro lado del océano. Y nunca regresó tu nombre. Sólo una daga en el pecho y el silencio mordaz de los aullidos. La jauría humana. El bocado de la bestia sobre el vientre. La nieve sobre la sangre helada. La herida siempre y siempre coagulándose. Y la niña muerta sobre el trigo.
El 22 de Diciembre de un año maldito… y cuando llegue éste, lo juro frente al dios de los mayores: el fin de todos mis lutos, por ti. Me vestiré de rojo como la sangre, porque a mí me engendraron en tierra de olivares. Soy la mujer de la rama. La del viejo tronco caído y sus anillos de árbol  contando más de mí  que las líneas de mi propia mano. Ya he sido el error de la costilla. La que soñaba, que tú. La niña muerta por el amor funesto, que tú.  Las cenizas en la tierra de la mujer de aire. Para siempre y “for ever”; sus cenizas en la tierra, de la misma manera que tú pronunciabas frente a mi rostro el “for ever”.
Y como en la jaula preámbulo de la muerte: el putísimo insomnio. La habitación azul de mis hijos, en la que lloro sentada sobre el suelo. Sentada sobre el duelo del útero. Lloro, porque soy una cáscara y ya no podré ser nunca más una rebelde. Soy una sonámbula que está velando la noche que nunca acaba. Velo la sangre, mientras mis hijos respiran y el mundo sigue dejándome desnuda y herida contra la nieve.  He tomado pastillas para tratar de existir, sólo por ellos. Me he tomado las del bote correcto, sólo por ellos. 6 meses enteritos seguidos, sólo por ellos. La noche en Barcelona, no tiene silencios. Mis niños hablan en sus sueños…
Mis niños, que fueron mis ángeles. Ellos me arrancaban de mi muerte porque Diciembre debía ser Navidad, aunque mamá estuviese flaca y tan triste.
Nadie va a quererme después de leer esto. Y yo; quedaré para siempre a salvo de volver a tener que elegir el bote correcto. Quedaré por siempre a salvo del hombre-hambre y daga. Pido perdón al Dios de los mayores. Al Dios de las palabras. A la niña muerta. A la mujer de aire. A mi madre, que lloraba por mí todas las noches. También a ti, que no pudiste amarme por encima de tu niño muerto y sólo me utilizabas para intentar tenderle un puente a otra muerte.
Las palabras se escriben en mí, porque ahora me he pedido ser una cometa en la mujer que sana. Soy otra mujer en la que sana. Las flores me van sanando y ahora soy una mujer al viento, sin miedo al hombre ni a la muerte. El olivo me ha sanado y me ha lavado el cansancio. Soy otra mujer: esta mujer adulta a la que nadie que pueda parecerse a ti, va a atreverse a querer ni a herir, así; sin niña mía. Ningún gris, me volverá a rasgar el color sin niña mía.
Las palabras se escriben en mí porque es diciembre y también porque ahora aprendo que la vida es efímera y a veces;  la niña mira desde el desierto y habla. Me cuenta en su diálogo: que el jade nunca muere.
Como decía mi abuela: la vestiré de rojo como a la sangre viva. La vestiré de rosa como a la flor del corazón y al cuarzo. Le llevaremos flores lindas a las cenizas de la mujer de aire.
Iremos juntas al cementerio de los pájaros. Y tú, ya nunca más serás aquí;  ni en mí,  ni en ella diciembre.

Las palabras se escriben en mí;

691 palabras escritas, para que tú no puedas ser nunca más en mí: Diciembre

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Motivos para el rojo de los labios…

Pintarse la boca de rojo, la bien verdad de rojo, la sed blanca de rojo.

Y así que el rojo de los labios, sea portal del corazón rojísimo…

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Ahora vivo en esta boca roja y tan frontera. Perfilo los motivos y a veces; deliro en el carmín y ya no puedo, ni quiero desarraigarme del rojo.

Conocer la medicina oriental me ha enseñado a protegerme. Ahora sé; que cada color tutela el equilibrio de un órgano y que el rojo siempre ha sido amparo del corazón del hombre. Por eso he aprendido a elegir y a pintarme de rojo los labios. A llevar una sonrisa roja sobre los días de lluvia y a vivir en la locura de derramar tinta o verbo rojo sobre todo lo que escribo.

He aprendido a latir sólo y sencillamente por el rojo, para ser justa con el mundo. Para que el hombre comprenda que soy una rebelde y que vivo protegida y que hoy por hoy; aprendo a “amar entre comillas”.  Quiero decir; a salvo, como nunca, de la devastación y el incendio y el cansancio. Con la inocencia más sabia o más traviesa, tras la herida o tras los años. Con la intuición y el equilibrio y la pasión justa del rojo.

Y sé que nunca te lo he dicho, porque te he quiero solamente “entre comillas” … No por encima de todo. No por encima de mí. No en la persistencia, ni en la ausencia, ni en la falta de respuesta. Pero sobretodo: no en lo absurdo, ni por encima del rojo.

Y  es así, porque no queda otra opción. Porque aún no te atreves, tú al rojo vivo ni a la vida que llega y golpea en tu puerta. Ni a estar fuera de ti después del animal herido. Y podrías muy bien, ser o haber sido, si no fueses en esto como un proyecto del sueño de ti mismo, como una letanía, como un ¡ay ,todavía…  un ay! Si no fueses acaso un laberinto de pecho contra aullido, un paradigma del yo mismo en el tú de las horas y el alma de la duda los días del cansancio. Porque insistes en ser y no ser,  en seguir viviendo en cautiverio bailando con las máscaras del tiempo y creerte en lo distante, a salvo y tan dichoso.

Y yo te sigo queriendo, así : “entre comillas” y lo hago  sólo porque una vez te atreviste a mirarme a los ojos y yo te hubiese dado un beso para tacharnos todas las comillas y empezar una emoción a juego con el rojo.

Para dejar de pintarme la boca, rojísimo portal del corazón. O para dejar de buscar tu rojo en otros labios, mientras  tú; asumes que los grises del silencio te mantendrán a salvo de los que latimos vivo el rojo, o llevamos los labios pintados y gritamos que somos rebeldes…

Para siempre, “entre comillas”…

Hasta que el amor desborde:   en vivo el  Rojo. 

Hace friísimo…

Janice Urnstein Weissman (3)


Tiempo de esquina y párate. De hogar y recogida. Y la voz que vuelve al mundo, al templo que respira hacia adentro. Tiempo de otoño y pulso. De abrazarse o huir de la piel del abrazo.
Tiempo de “hace friísimo”, después de tanta lluvia.
He gritado como un liquen que nace a agarrar la piedra. Y aquí, en este frío tan friísimo: ya nadie me escucha.
Qué pequeña la furia, la esfera que gobierna las bondades. Qué rojo el corazón recién zurcido. La rémora del equívoco. El vientre del latido.
Sé que sólo soy lo que camino, lo que he esperado en sueños. Los restos del incendio. Esta pequeña isla, de flor sobre ceniza, que gobierno.
Y todo este friísimo, cuando me abarque el invierno pero tú no me abraces.
La misma soledad que toman dos caminos que se cruzan. El liquen sobre la piedra o el miedo sobre la duda.

Si supieras por qué te he llamado inhóspito, por qué madeja sobre madeja ya casi me has vencido, si supieras por qué te he nombrado: la sed y el límite. O por qué aún, susurro a otros caminos que a ti; te espero y te espero, mientras vestida de quietud me van a dar las diez, las doce, las cien, las uvas.
Pero vestida de quietud, también resumo. Si ya no vas a estar: dame un beso y despídete.
Aléjate y no mires hacia mí.  Mira sólo hacia adentro. Protégete. Contempla siempre el verde y cúrate. Porque yo; caminaré otra vez desnuda por diciembre.
Con esta voz de amor; me empezaré otro sueño, otro abrigo, otra isla, otro límite.
Me agarraré a otro cuerpo, como liquen

y tú, tal vez

también

sabrás

lo que es

friísimo

*Imagen: Janice Ursten Weissman

Combato a una mujer

muejresmanos

Combato a una mujer que me combate.

En una va mi sangre, en la otra sé:

que voy a morir un día.

Primero es la que cimbrea.

La piel que se me inyecta en cada amanecer

para victoria.

La de salir al mundo a golpe de palabra.

La de la sal y la herida.

La de la llama y la furia viva.

La que dicta, avala y se equivoca.

La de la vida por causa, contra la guerra.

La de la fuerza y el ego y el puedo porque soy.

La del error y el cansancio. La del orden y el caos.

La del puto vértigo  por el amor a ciegas.

La otra es solamente una cometa. Una mujer de viento y colisiones.

Es la que se instala y trepana porque carece de verso y de renglones.

Es la que susurra que no me reconoce.

La que me inhala y lleva un alma blanca que contempla

mis sombras.

Ella es la que en el amor se reina. La que se sabe diosa.

La que no se confiesa porque lleva diez vidas al sol.

Ella es la que deseo. La que fluye. La auténtica. La verdadera.

A la que aún no me atrevo porque la nombro y me borra.

Es la que llora por mí y por ti.

La que para sobrevivir en mí jadea.

Escribir… (Texto contra la violencia de género)

02-Soledad

Escribir y alzar un cortafuegos. 

Una boca de incendio que te salve.

Escribir, bajar hasta el mismísimo infierno. Morder cuneta y labio. Y escribir, para morir o vivir con tinta china y sangre. 

Escribir para decir, que hoy al fin te sobrevivo y que es cierto: “El amor nunca te mata” 

Te teje y te hace fuerte y despiertas un día y te lo arrancas. 

Escribir, vivir dentro del tronco de un olmo y salir solamente a la intemperie para tatuarse en el pecho: causa y efecto. Y así que lean y comprendan; que siempre acabo sobreviviendo y que en este mundo de ciegos jamás los impostores vencieron a los nobles. 

Escribir.

Escribir, para uno mismo. Relatarse o reinventarse y volver a construirse palmo a palmo, lenguaje a lenguaje.

Escribir y tener verbos de sangre que te salven del hambre del hombre ruin. Que siempre pueda decir: “me desmiembro de todos los tristes” 

Me desmiembro y elijo: quedarme con mis rotos y volver a empezar como si la vida fuese simple y no hubiese peligro alguno en el amor. 

Escribir para vivirlo y que el amor sea escrito para darle la vuelta si es preciso.

Escribir desde adentro y hallar un patrimonio entre la mano y el pecho. 

Saber que he estado rimando obsoletos para arrancarte de mí…

Obsoleto el recuerdo; tu tristeza de mundo derramada en mis pechos, tu mentira en mi trigo, tu peligro en mi fin, tu abandono en mi herida, todo selló obsoleto. 

Y sí, sí, sí…

¡Sobrevivo! Para seguir escribiendo y decir:

Que fuiste tú quien perdió. Que trepaste el descenso y bajaste de mi amor. 

Perdieron tus ejércitos la fuerza de mis lágrimas.         No importa dónde estés, no importa dónde vayas, no importa lo que hagas…

Pues yo sigo escribiendo y vuelvo a volar lento, porque volar tampoco es tan seguro y apago los incendios a golpe de papel.

Y hoy por fin absoluta, bendigo las palabras. 

Ya no hay tierra, ni patria donde inscribir tu nombre. No me quedan batallas ni cuentas para ti.                            

Puedes medirme acaso en el amor que te daba, y volver a morderme en esa muerte que ya no importa a nadie, ni tan siquiera a mí.

Contémplame descalza para el mundo; sin cobro revertido,   ni equipaje de exceso hacia el pasado. 

Y arriésgate a tu suerte, de diablo o caballero. Aprende, si es que puedes y protege a tus hijas de riesgos como tú… 

Deja blanco el peligro, deja limpio tu ego.

¡No lo laves en mí!

 

Que todo está obsoleto

Que todo está obsoleto

Y ahora, sobrevuelo

lejísimos de ti

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Verdaderamente de los buenos.

No es cierto que ahora no.

O que nunca antes nosotros. Te juro que nos hemos hecho de los buenos en más de un sueño mío.

Quiero decir, de los que ni se temen, ni se juzgan, ni se ocultan.

De los que no se quitan la razón, ni tampoco se ponen trabas, ni dicen tantas veces lo que no deben decirse, con tal de que no se les note mucho.

En más de un sueño mío, nada es así.

Porque en ese lugar, ni siquiera importa desear gustarse mucho o no. Ponerle una etiqueta al cuerpo o al corazón del otro.

“Así sí, así no… esto creo, que está mal o bien” ¡Qué va! Ahí, eso es algo completamente intrascendente. Y a mí me gustas ahí, cuando muerdes junto a mí las noches y yo puedo ser cursi o como dice una buena amiga mía: tontántica, romántica, genuina…

Cometer mis sandeces más de tres veces por día, para después acabar borrando casi todo lo que escribo. 

Ahí sí puedo volcar lo que me vive a mí, sin que nada ni nadie me defina. 

Puedo, por ejemplo, levantarme sin rima o sin ganas de salir al futuro y fugarme a tu casa para escribir todo el tiempo canciones. 

 

Ahí nos sobran los motivos y nadie alecciona a nadie, ni tampoco eres tan niño para mí, como tu mundo o mi mundo aquí opinan, porque los sueños sinceros carecen de edad.

En ese lugar, soy más bonita para ti que ninguna. Más espontánea y mucho menos laberíntica. Y también soy más lista que el hambre, porque lo que quiero lo pido y sólo necesito la boca y la sonrisa para hacerlo.

 

Ahí, curiosamente; jamás me duermo, ni llego tarde al curro, ni huyo de los nombres rotundos de las cosas. Si es amor: pues es amor, le pese a quien le pese. Y mi cerebro jamás me metrallea sopesando los riesgos que puedo correr si un día me decido a quererte como en ese lugar del sueño.

Ahí ya se ha parado el reloj de las niñeces y vive solamente el instintivo-coherente. 

Uno no mira jamás la hora qué es, porque ya se agotó el tiempo andando en círculos, o el sentirse ocupado o absurdo por costumbre. 

 

A mí, cuando estoy ahí, nada me sobra ni me falta. Y me importa menos que un rábano que tú vivas deprisa y yo despacio. Que sea a veces tan lentísima que necesite toda la noche para robarte el beso más golfo de los besos.

 Porque ahí es, precisamente, donde sé de tus besos y de tu cuerpo jugándoselo todo conmigo.

 

Ahí es donde escribo y alguna que otra vez “un no sé que me ilumina” y sale algo bonito de verdad. Porque en ese lugar no consumo ni flores ni tristezas y tu mirada me mira y es de agua cuando me hablas de todo lo tuyo y sencillamente, de la vida.

 

Ahí es donde duermo, ¿Sabes? Donde paso casi todas las noches. Donde vivo contigo y tú: sonríes por costumbre. 

Ahí comprendo perfectamente tu humor y tus pequeños temores y tú ni me huyes, ni me atacas,  ni te olvidas de mí por más de siete días. 

 

Ahí, es donde una vez me pediste que tuviese paciencia, montones de paciencia contigo. Que no te preguntase, ni te hablase jamás en un lenguaje vano o extraño o con dobles sentidos de esos, que tantas veces comenten los poetas. 

Que fuese siempre lo bastante honesta como para decirte un “vale” o un “no” sincero. 

Porque ahí, tú solamente querías que fuésemos más libres que el viento y que tu amor me hiciera por dentro mucho ruido. Porque decías, que sólo de ese ruido,  el tiempo que pasásemos juntos se nos haría canción, trigo, ritmo, leyenda, aventura, destino…

 

Por eso, ahí es donde yo voy por los dos y tú…

Aún no puedes recordar que también alguna vez, has ido.

No puedes recordar aún, que ahí sí que sí. Porque ahí casi siempre las cosas sencillas de la vida son un Sí gigante y nos vivimos: al margen de la duda y sus lenguajes. 

Porque en ese lugar nosotros ya hemos sido y nos hemos hecho de los buenos.

Verdaderamente, de los buenos.

Llueve y de repente ya no…

lluvia de colores rodrigo

Llueve…

La tercera vez que trato de escribirte y llueve.

Llueve, con una lluvia finísima. Como de justicia sobre la ínfima paz del hombre y  la Tierra. Llueve, como si el amor fuese prescindible y no hablasen de él los planetas. Como si enfadarse contigo o por tu causa, no fuese lo preciso ahora. Como si aunque yo no lo escriba, tú lo intuyas y me estés pidiendo la lluvia para que mis versos callen.

Llueve y yo, ya no me atrevo a ser ligera ni del aire o a decir que “Sí” ni a una sola de tus corazas.  No me atrevo a sentirme tan libre como un bucle, para que tú  me ignores o te asustes de mí.
Las mujeres de lluvia siempre asustan. De repente te mojan y tu casa se llena de hiedra. Se te entelan los ojos y ya casi; ni te reconoces. Andas todo el día tratando de esquivarlas, pero tus raíces se mojan y el cincel de la duda también se te llena de lluvia y de un barro tan espeso que mancha tus razones. Las miras y casi siempre las huyes. Porque quisieras ser completamente inocuo para ellas. Vivir a salvo de ellas, porque al fin y al cabo ya estás bien como estás, al margen del amor y de la lluvia.

Huyes porque sus manos y sus labios siempre llueven. Porque en su pecho llueve y sus ojos transitan en el agua como en un millón de espejos que hablan solamente para que tú,  te leas. Y entonces, sin darte cuenta,  empiezas a llover y no quieres aún. No quieres llorar por un puto poema, ni estás aquí para amarla precisamente ahora. No estás  para dejarte mojar y que te venza una vez más, otra maldita tormenta.

Pero tranquilo, aquí el que manda siempre eres tú. Para eso eres hombre y tienes en tu frente el don de los dones. La puerta y la cometa de la irrealidad perfecta: amar a tantas que puedas liberarte del amor.
O amar casi y apenas sin amor, sólo por esa costumbre del cuerpo y del instinto mamífero. En tu cuenta de haberes, jugarás a decirle a otros que viven jugando a lo mismo que tú: “Tanto lobo, tantas caperucitas y sin embargo: ni una sola mujer de lluvia”

¡Oh! ¡Gran rey de la tierra, que aún no te gobiernas y  vives en lo efímero! ¿Tan triste y venusiano eres?

Vanidoso del templo de la mujer intensa.

Trato de escribirte sin poemas, para que antes de la lluvia tú puedas leerme. Pero por tercera vez; no será posible, porque siempre acaba lloviendo antes que yo…

Y no podrás comprender mi verdadero lenguaje, o el por qué la intensidad y el sentir que alguna vez; “mi hogar es también mi paradigma”  o “mi fuga y tocata del deseo, mi equilibrio justo y preciso en la lluvia”

Ya no podrás saber de qué modo,  me llené de agua e inconstancias. Aunque no importa, porque en realidad,  tampoco yo lo sé. Sólo se que siempre fue así. Que solamente me paro a amar intenso a aquel que me ama mí en lo intenso.

De niña, ya era amante de la lluvia. Y ahora,  sigo siendo aún como en la niña y al ignorarme tú, yo: aun más lluvia y capricho y fuga, sobre fuga.

Pero ahora, que por tercera vez, escribo torpemente: que no te necesito, aunque sí reconozco que te estuve buscando. Yo, que ya fui colina, que ya fui desierto tanto tiempo que no puedes ni imaginar, de qué lugar me viene el agua… 

Yo que por último, he sido mujer en el aire para empezar caminos en ciudades ajenas  a esta; caminos a los que nadie se atrevería, sin al menos, una pequeña garantía de futuro.

Y como yo no tengo futuro, o mi futuro aún no llega, vivo eternamente en el ahora.

Me miras y parezco sencilla, casi amistosa, ¿verdad? En realidad no lo soy. Llevo dinamita en las peores horas y en el corazón: la ciclotimia y las pausas de la lluvia.

He sido agua sobre agua. Y había venido amarte solamente, para arrancarnos del barro.

Y a día de hoy;  tú, aún me ignoras, me huyes, me provocas más y más lluvia. Y yo que estoy tan loca como para dinamitar en la tristeza; me mojo y me recojo, porque gesto sobre gesto que vas mostrando de ti mismo, me va curando de ti.

Ya ves… A mí,  que trato de ser constante y no sé dejar esta ciclotimia cuando  a mi casa regresa la lluvia.

Ahora sí, ahora no…

Ahora llueve y en este preciso instante no te amo. Tú, me lo has curado. En cada gesto tuyo me quitas el amor.

¡Oh!!! ¡Gran rey de la Tierra! Jamás tuviste tiempo para la lluvia y yo. No quisiste mojarte, ni arriesgarte a nada por la lluvia… Y entonces me pregunto ¿para qué, tan torpemente, me la pediste toda con los ojos?

Ahora, en este instante:  ya no te amo. Tú me has curado de ti mismo, rey de la Tierra.

Tú, que reinas sobre el barro y ya nada esperas de la lluvia…

mujer de la lluvia

*Imágenes obtenida de la red