Verdaderamente de los buenos.

No es cierto que ahora no.

O que nunca antes nosotros. Te juro que nos hemos hecho de los buenos en más de un sueño mío.

Quiero decir, de los que ni se temen, ni se juzgan, ni se ocultan.

De los que no se quitan la razón, ni tampoco se ponen trabas, ni dicen tantas veces lo que no deben decirse, con tal de que no se les note mucho.

En más de un sueño mío, nada es así.

Porque en ese lugar, ni siquiera importa desear gustarse mucho o no. Ponerle una etiqueta al cuerpo o al corazón del otro.

“Así sí, así no… esto creo, que está mal o bien” ¡Qué va! Ahí, eso es algo completamente intrascendente. Y a mí me gustas ahí, cuando muerdes junto a mí las noches y yo puedo ser cursi o como dice una buena amiga mía: tontántica, romántica, genuina…

Cometer mis sandeces más de tres veces por día, para después acabar borrando casi todo lo que escribo. 

Ahí sí puedo volcar lo que me vive a mí, sin que nada ni nadie me defina. 

Puedo, por ejemplo, levantarme sin rima o sin ganas de salir al futuro y fugarme a tu casa para escribir todo el tiempo canciones. 

 

Ahí nos sobran los motivos y nadie alecciona a nadie, ni tampoco eres tan niño para mí, como tu mundo o mi mundo aquí opinan, porque los sueños sinceros carecen de edad.

En ese lugar, soy más bonita para ti que ninguna. Más espontánea y mucho menos laberíntica. Y también soy más lista que el hambre, porque lo que quiero lo pido y sólo necesito la boca y la sonrisa para hacerlo.

 

Ahí, curiosamente; jamás me duermo, ni llego tarde al curro, ni huyo de los nombres rotundos de las cosas. Si es amor: pues es amor, le pese a quien le pese. Y mi cerebro jamás me metrallea sopesando los riesgos que puedo correr si un día me decido a quererte como en ese lugar del sueño.

Ahí ya se ha parado el reloj de las niñeces y vive solamente el instintivo-coherente. 

Uno no mira jamás la hora qué es, porque ya se agotó el tiempo andando en círculos, o el sentirse ocupado o absurdo por costumbre. 

 

A mí, cuando estoy ahí, nada me sobra ni me falta. Y me importa menos que un rábano que tú vivas deprisa y yo despacio. Que sea a veces tan lentísima que necesite toda la noche para robarte el beso más golfo de los besos.

 Porque ahí es, precisamente, donde sé de tus besos y de tu cuerpo jugándoselo todo conmigo.

 

Ahí es donde escribo y alguna que otra vez “un no sé que me ilumina” y sale algo bonito de verdad. Porque en ese lugar no consumo ni flores ni tristezas y tu mirada me mira y es de agua cuando me hablas de todo lo tuyo y sencillamente, de la vida.

 

Ahí es donde duermo, ¿Sabes? Donde paso casi todas las noches. Donde vivo contigo y tú: sonríes por costumbre. 

Ahí comprendo perfectamente tu humor y tus pequeños temores y tú ni me huyes, ni me atacas,  ni te olvidas de mí por más de siete días. 

 

Ahí, es donde una vez me pediste que tuviese paciencia, montones de paciencia contigo. Que no te preguntase, ni te hablase jamás en un lenguaje vano o extraño o con dobles sentidos de esos, que tantas veces comenten los poetas. 

Que fuese siempre lo bastante honesta como para decirte un “vale” o un “no” sincero. 

Porque ahí, tú solamente querías que fuésemos más libres que el viento y que tu amor me hiciera por dentro mucho ruido. Porque decías, que sólo de ese ruido,  el tiempo que pasásemos juntos se nos haría canción, trigo, ritmo, leyenda, aventura, destino…

 

Por eso, ahí es donde yo voy por los dos y tú…

Aún no puedes recordar que también alguna vez, has ido.

No puedes recordar aún, que ahí sí que sí. Porque ahí casi siempre las cosas sencillas de la vida son un Sí gigante y nos vivimos: al margen de la duda y sus lenguajes. 

Porque en ese lugar nosotros ya hemos sido y nos hemos hecho de los buenos.

Verdaderamente, de los buenos.

Llueve y de repente ya no…

lluvia de colores rodrigo

Llueve…

La tercera vez que trato de escribirte y llueve.

Llueve, con una lluvia finísima. Como de justicia sobre la ínfima paz del hombre y  la Tierra. Llueve, como si el amor fuese prescindible y no hablasen de él los planetas. Como si enfadarse contigo o por tu causa, no fuese lo preciso ahora. Como si aunque yo no lo escriba, tú lo intuyas y me estés pidiendo la lluvia para que mis versos callen.

Llueve y yo, ya no me atrevo a ser ligera ni del aire o a decir que “Sí” ni a una sola de tus corazas.  No me atrevo a sentirme tan libre como un bucle, para que tú  me ignores o te asustes de mí.
Las mujeres de lluvia siempre asustan. De repente te mojan y tu casa se llena de hiedra. Se te entelan los ojos y ya casi; ni te reconoces. Andas todo el día tratando de esquivarlas, pero tus raíces se mojan y el cincel de la duda también se te llena de lluvia y de un barro tan espeso que mancha tus razones. Las miras y casi siempre las huyes. Porque quisieras ser completamente inocuo para ellas. Vivir a salvo de ellas, porque al fin y al cabo ya estás bien como estás, al margen del amor y de la lluvia.

Huyes porque sus manos y sus labios siempre llueven. Porque en su pecho llueve y sus ojos transitan en el agua como en un millón de espejos que hablan solamente para que tú,  te leas. Y entonces, sin darte cuenta,  empiezas a llover y no quieres aún. No quieres llorar por un puto poema, ni estás aquí para amarla precisamente ahora. No estás  para dejarte mojar y que te venza una vez más, otra maldita tormenta.

Pero tranquilo, aquí el que manda siempre eres tú. Para eso eres hombre y tienes en tu frente el don de los dones. La puerta y la cometa de la irrealidad perfecta: amar a tantas que puedas liberarte del amor.
O amar casi y apenas sin amor, sólo por esa costumbre del cuerpo y del instinto mamífero. En tu cuenta de haberes, jugarás a decirle a otros que viven jugando a lo mismo que tú: “Tanto lobo, tantas caperucitas y sin embargo: ni una sola mujer de lluvia”

¡Oh! ¡Gran rey de la tierra, que aún no te gobiernas y  vives en lo efímero! ¿Tan triste y venusiano eres?

Vanidoso del templo de la mujer intensa.

Trato de escribirte sin poemas, para que antes de la lluvia tú puedas leerme. Pero por tercera vez; no será posible, porque siempre acaba lloviendo antes que yo…

Y no podrás comprender mi verdadero lenguaje, o el por qué la intensidad y el sentir que alguna vez; “mi hogar es también mi paradigma”  o “mi fuga y tocata del deseo, mi equilibrio justo y preciso en la lluvia”

Ya no podrás saber de qué modo,  me llené de agua e inconstancias. Aunque no importa, porque en realidad,  tampoco yo lo sé. Sólo se que siempre fue así. Que solamente me paro a amar intenso a aquel que me ama mí en lo intenso.

De niña, ya era amante de la lluvia. Y ahora,  sigo siendo aún como en la niña y al ignorarme tú, yo: aun más lluvia y capricho y fuga, sobre fuga.

Pero ahora, que por tercera vez, escribo torpemente: que no te necesito, aunque sí reconozco que te estuve buscando. Yo, que ya fui colina, que ya fui desierto tanto tiempo que no puedes ni imaginar, de qué lugar me viene el agua… 

Yo que por último, he sido mujer en el aire para empezar caminos en ciudades ajenas  a esta; caminos a los que nadie se atrevería, sin al menos, una pequeña garantía de futuro.

Y como yo no tengo futuro, o mi futuro aún no llega, vivo eternamente en el ahora.

Me miras y parezco sencilla, casi amistosa, ¿verdad? En realidad no lo soy. Llevo dinamita en las peores horas y en el corazón: la ciclotimia y las pausas de la lluvia.

He sido agua sobre agua. Y había venido amarte solamente, para arrancarnos del barro.

Y a día de hoy;  tú, aún me ignoras, me huyes, me provocas más y más lluvia. Y yo que estoy tan loca como para dinamitar en la tristeza; me mojo y me recojo, porque gesto sobre gesto que vas mostrando de ti mismo, me va curando de ti.

Ya ves… A mí,  que trato de ser constante y no sé dejar esta ciclotimia cuando  a mi casa regresa la lluvia.

Ahora sí, ahora no…

Ahora llueve y en este preciso instante no te amo. Tú, me lo has curado. En cada gesto tuyo me quitas el amor.

¡Oh!!! ¡Gran rey de la Tierra! Jamás tuviste tiempo para la lluvia y yo. No quisiste mojarte, ni arriesgarte a nada por la lluvia… Y entonces me pregunto ¿para qué, tan torpemente, me la pediste toda con los ojos?

Ahora, en este instante:  ya no te amo. Tú me has curado de ti mismo, rey de la Tierra.

Tú, que reinas sobre el barro y ya nada esperas de la lluvia…

mujer de la lluvia

*Imágenes obtenida de la red