Día 21, December. «La niña de la cueva y yo»

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Vivíamos sin dar paso al invierno, la niña de la cueva y yo. Llevábamos siempre leotardos y aún así, seguíamos con los sueños completamente helados. Pero al fin y al cabo: sobrevivíamos, al margen de otras cosas, y siempre dentro de la cueva, siempre, la niña y yo…

Las dos persistíamos en caminar muy despacio sobre la lana o la nieve del recuerdo. Y el recuerdo era fértil; porque paría otros recuerdos y toda la cueva era un desguace de vivencias-recuerdos y nosotras, debíamos caminar, esquivando los bultos, el hielo y las espinas que había derramado lo fiero de Diciembre, sobre nuestro suelo. Nos protegíamos del hielo prendiendo un fueguecito de palabras. Entonces, llegaban los poemas. Y las dos decíamos al unísono: ¡Entrad poemas! y los pobres poemas entraban en la cueva, completamente inconscientes de que tal vez nunca podrían salir ya de ella. Porque serían poemas para nutrir nuestra hoguera de palabras y nuestra soledad. Por eso, la mayoría de ellos eran quemados poco después de escribirlos, por lo inútil de servirnos para ninguna otra cosa.

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Día 17, December. «Me tienes a mí»

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Me hablabas de tu infancia de abandono, del olor y el motivo de la niebla. Me hablabas de la ausencia temprana de una madre, de gritos en la noche y la palma de la madre sobre tu rostro de niño. Hablabas de tu abuela paterna, que había viajado para cuidar de vosotros. Hablabas y eras tan capaz de imaginarlo todo; de ponerlo frente a ti en un orden conciso de secuencias. Hablabas y conforme lo hacías, seguías inventando y así fue como te hilaste a una historia a la que nunca perteneciste, a una vida que nunca fue la tuya. Trazaste, igual que un niño, el juego perfecto de tu mente; vitrales para un sueño donde nos desterraste, sin más, a los dos. Pero tanta imaginación, conduce al vértigo… Y yo que  sólo te anhelaba, precisamente, fuera del riesgo de que tu amor pudiese hacerme daño,  dejarme en la piel alguna herida nueva… Por eso, primero, habías decidido ser mi amigo.  

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Llueve y de repente ya no…

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Llueve…

La tercera vez que trato de escribirte y llueve.

Llueve, con una lluvia finísima. Como de justicia sobre la ínfima paz del hombre y  la Tierra. Llueve, como si el amor fuese prescindible y no hablasen de él los planetas. Como si enfadarse contigo o por tu causa, no fuese lo preciso ahora. Como si aunque yo no lo escriba, tú lo intuyas y me estés pidiendo la lluvia para que mis versos callen.

Llueve y yo, ya no me atrevo a ser ligera ni del aire o a decir que «Sí» ni a una sola de tus corazas.  No me atrevo a sentirme tan libre como un bucle, para que tú  me ignores o te asustes de mí.
Las mujeres de lluvia siempre asustan. De repente te mojan y tu casa se llena de hiedra. Se te entelan los ojos y ya casi; ni te reconoces. Andas todo el día tratando de esquivarlas, pero tus raíces se mojan y el cincel de la duda también se te llena de lluvia y de un barro tan espeso que mancha tus razones. Las miras y casi siempre las huyes. Porque quisieras ser completamente inocuo para ellas. Vivir a salvo de ellas, porque al fin y al cabo ya estás bien como estás, al margen del amor y de la lluvia.

Huyes porque sus manos y sus labios siempre llueven. Porque en su pecho llueve y sus ojos transitan en el agua como en un millón de espejos que hablan solamente para que tú,  te leas. Y entonces, sin darte cuenta,  empiezas a llover y no quieres aún. No quieres llorar por un puto poema, ni estás aquí para amarla precisamente ahora. No estás  para dejarte mojar y que te venza una vez más, otra maldita tormenta.

Pero tranquilo, aquí el que manda siempre eres tú. Para eso eres hombre y tienes en tu frente el don de los dones. La puerta y la cometa de la irrealidad perfecta: amar a tantas que puedas liberarte del amor.
O amar casi y apenas sin amor, sólo por esa costumbre del cuerpo y del instinto mamífero. En tu cuenta de haberes, jugarás a decirle a otros que viven jugando a lo mismo que tú: «Tanto lobo, tantas caperucitas y sin embargo: ni una sola mujer de lluvia»

¡Oh! ¡Gran rey de la tierra, que aún no te gobiernas y  vives en lo efímero! ¿Tan triste y venusiano eres?

Vanidoso del templo de la mujer intensa.

Trato de escribirte sin poemas, para que antes de la lluvia tú puedas leerme. Pero por tercera vez; no será posible, porque siempre acaba lloviendo antes que yo…

Y no podrás comprender mi verdadero lenguaje, o el por qué la intensidad y el sentir que alguna vez; «mi hogar es también mi paradigma»  o «mi fuga y tocata del deseo, mi equilibrio justo y preciso en la lluvia»

Ya no podrás saber de qué modo,  me llené de agua e inconstancias. Aunque no importa, porque en realidad,  tampoco yo lo sé. Sólo se que siempre fue así. Que solamente me paro a amar intenso a aquel que me ama mí en lo intenso.

De niña, ya era amante de la lluvia. Y ahora,  sigo siendo aún como en la niña y al ignorarme tú, yo: aun más lluvia y capricho y fuga, sobre fuga.

Pero ahora, que por tercera vez, escribo torpemente: que no te necesito, aunque sí reconozco que te estuve buscando. Yo, que ya fui colina, que ya fui desierto tanto tiempo que no puedes ni imaginar, de qué lugar me viene el agua… 

Yo que por último, he sido mujer en el aire para empezar caminos en ciudades ajenas  a esta; caminos a los que nadie se atrevería, sin al menos, una pequeña garantía de futuro.

Y como yo no tengo futuro, o mi futuro aún no llega, vivo eternamente en el ahora.

Me miras y parezco sencilla, casi amistosa, ¿verdad? En realidad no lo soy. Llevo dinamita en las peores horas y en el corazón: la ciclotimia y las pausas de la lluvia.

He sido agua sobre agua. Y había venido amarte solamente, para arrancarnos del barro.

Y a día de hoy;  tú, aún me ignoras, me huyes, me provocas más y más lluvia. Y yo que estoy tan loca como para dinamitar en la tristeza; me mojo y me recojo, porque gesto sobre gesto que vas mostrando de ti mismo, me va curando de ti.

Ya ves… A mí,  que trato de ser constante y no sé dejar esta ciclotimia cuando  a mi casa regresa la lluvia.

Ahora sí, ahora no…

Ahora llueve y en este preciso instante no te amo. Tú, me lo has curado. En cada gesto tuyo me quitas el amor.

¡Oh!!! ¡Gran rey de la Tierra! Jamás tuviste tiempo para la lluvia y yo. No quisiste mojarte, ni arriesgarte a nada por la lluvia… Y entonces me pregunto ¿para qué, tan torpemente, me la pediste toda con los ojos?

Ahora, en este instante:  ya no te amo. Tú me has curado de ti mismo, rey de la Tierra.

Tú, que reinas sobre el barro y ya nada esperas de la lluvia…

mujer de la lluvia

*Imágenes obtenida de la red