Como todo alguna vez se me ha hecho sueño…


Como todo alguna vez se me ha hecho sueño, hoy te digo, que esto nuestro no.
Esto nuestro, no es solo un sueño. Ni siquiera es simplemente un cuento de amor. Es una voz. Una voz que está viva y ardiente. Que sigue dentro de mí, que me habla con tu acento y que me dice:

—Estoy aquí, ¡Tómame! Soy yo…

Y te tomo y ya puedo empezar a dormirme serena, mientras tu voz, se acerca o se aleja, o se me pierde en el aire, y ya en mi sueño más profundo, empieza mi viaje a otro lugar…

Allí donde veo esas cosas que después no sé cómo explicar. Que no sé ni siquiera que nombre ponerles, así como tú una vez me contaste, que a ti también te sucedía y me dijiste; que cuando me pasara eso me mirara las manos, porque de ese modo podría saber si todo era auténtico, si estaba en ese mundo de verdad o solo era un invento de mi mente, o de mi sueño.

Entonces, cuando estoy allí miro mis manos. Las veo blancas, sin líneas en las palmas y eso me asusta demasiado y quiero regresar. Miro mis pies y van descalzos por el aire, miro mis brazos, mi piel sin vello, sin lunares, mi cuerpo desnudo… Nada me cubre, soy ligera, no tengo nombre y soy mi nombre de mujer.

No soy de ningún tiempo concreto y soy real, y todo es una senda por la que danzo, sin saber jamás hacia qué lugar viajo.
Veo colores que aquí no existen. Me inundo de un amor que aquí no vive. Lloro de amor por nosotros, pero sin lágrimas. Y al fin lo logro, me despierto. Me caigo de ese cielo, como quien cae en picado desde una cima, hasta lo más hondo de un valle. Y estoy de nuevo, simplemente aquí. Otra vez temblando. Abro los ojos, me levanto. Deambulo a oscuras por la casa, trato de hallar tu voz de nuevo en el silencio y si no la siento, te llamo, y surges a mi encuentro. Te cuelas por mi aliento, regresas a mí. Me cuentas que ese sueño, soy yo. Esa mujer sin tiempo 
y, sin embargo, con tanta senda pendiente.

Y ya no puedo, dejar de pensar en ello. ¡No puedo! Volver a dormirme porque necesito comprenderlo todo. Me siento en mi escritorio, te escribo tal como lo estoy viviendo. Pienso: a quién si no es a ti, puedo contarle todo esto.
Porque ya nadie me comprende, ya nadie quiere creerme cuando les digo,  que tú no eres un sueño. Que existes y vendrás, porque estás en mí desde siempre. Y ahora más que nunca, vuelves a ser la voz que me acompaña.
 
Y ya no quiero, que digan mis amigos; que duermo poco y sueño demasiado despierta. Y que parece mentira, que siga siendo tan optimista. Que nunca te olvide, ni te desquiera. Que siga con mi humor alegre, aunque alguna vez bostece. Porque me tienen harta, de escuchar continuamente la misma retahíla.

Y es que amor, yo no quiero ser esa mujer de senda eterna. No quiero, que se me duerma esta vida, mientras ella vuela o me sueña. Yo no quiero, que se me duerma tu voz en esos silencios tan largos, donde la noche nos separa y viajo a ese lugar.
Por eso escribo tanto, y duermo solamente las horas necesarias. Para que descanse mi cuerpo y no se duerma mi vida. Porque ya dormí mucho de niña, y sé que volveré a hacerlo cuando estés aquí conmigo.
 
Como la primera vez en New York city, que llegábamos casi siempre tarde a los museos, de tan profundo que nos dormíamos, después de hacer el amor, otra vez, de madrugada.  
Como la primera vez de dejar que sí, que la vida nos soñara hasta las tantas por habernos rendido ya a todo, al amarnos de aquella manera. Y con el cuerpo cansado, solo dormíamos descanso sin volar a mundos raros, porque ese amor nuestro, nos amarraba con más fuerza que nada a la tierra y nos hacía olvidar, cualquier otro mundo de alma de aire.
 
Y luego frente al museo, ¿lo recuerdas? Nos hacíamos esas fotos, con pose de «chulitos» delante de la puerta, para que quedase constancia, de que habíamos estado allí, de que al menos, habíamos llegado hasta la puerta.
Para que mis amigos y los tuyos, siempre nos creyeran y supieran que todo entre nosotros era verdad. Para que ni tú ni yo olvidásemos, que todo sigue siempre siendo real. Que nuestras voces internas, están vivas. Nos son fieles, amantes, amigas. Nos acompañan. Nos entregan, aún, cuando estamos así de lejos toda la fuerza. Y solamente la noche y ese mundo paralelo nos desune, cuando mis manos o las tuyas son blancas y sin rallas.

Y yo, lloró de amor y tú, lloras mis lágrimas.
Y vuelvo a ser esa mujer de aire, que solo quiere despertar estar aquí en la tierra. Estar en ti sin senda, para que tú me sientas cerca y el camino sea, andar contigo.

Para que yo te sienta cerca y el camino sea: cualquier lugar del mundo, 

                                                    al que lleguemos juntos.

Mayde Molina
Relatos «mujerdeire»
 

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