¡QUÉDATE EN CASA!_DÍA 44_ RELATO…VENGO DE LAS ESTRELLAS_PARTE 3

Imagen de la red

No sé cuánto tiempo transcurrió…

Probablemente demasiado, pues apenas podía soportar el dolor. Sentía mi cuerpo magullado, sin fuerzas para oponer resistencia e inevitablemente: tuve que empezar a atravesar aquel estrecho túnel.

Pasé aún un largo tiempo encajado entre sus paredes, ni siquiera me atrevía a abrir los ojos, pero de repente, algo terriblemente frío se aferró a mi cabeza y empezó a tirar de ella, mientras yo iba perdiendo el latido acelerado de mi madre tras mi cuerpo.

Una luz cegadora, me estaba deslumbrando, a pesar de que mis ojos querían seguir cerrados. Aquellas palas, asidas a mi cráneo, me presionaban de tal manera, que ni siquiera era capaz de concentrar mi pensamiento.

Estaba anclado allí de tal forma y me dolía tanto, que apenas podía distinguir si el dolor era solamente en mi cráneo o se había extendido a todo mi cuerpo… En ese momento no tuve dudas. Tenía que salir de allí, escapar de aquella inmensa agonía.

Logré concentrar toda mi energía, pensé en la fuerza de mi estrella y en un último impulso: salí dejando atrás el ritmo de mis propios latidos. Me quedé flotando en el aire, tal como estoy en estos momentos, observándolo todo desde arriba.

Vi como seguían tirando de mi cabeza hasta que finalmente lo lograron. Habían sacado del vientre de mi madre, mi pequeño cuerpo ya sin vida.

Uno de los hombres lo cogió por las piernas, zarandeándolo con energía, mientras mi madre contemplaba la escena con la respiración entrecortada y el rostro inundado en lágrimas.

Nadie estaba haciendo nada por ella, solo había un hombre a su lado que le estaba cogiendo una mano con todas sus fuerzas. Todos los demás se movían nerviosos, tocando aquel cuerpo inerte del cual yo me había desprendido. Sentí que alguien murmuraba en voz muy baja: “¡Lo hemos perdido!” y al escuchar aquellas palabras, mi madre estalló en un llanto que me desgarró completamente.

Empecé a preguntarme, porqué si ella estaba sintiendo aquel dolor no escapaba de su cuerpo como yo mismo había hecho minutos antes.

Tuve que acercarme mucho para ver la bruma de luz azul que la rodeaba. Ya no era la misma que yo había visto mientras estaba al otro lado. Entonces me di cuenta de todo, no era su cuerpo ya el que estaba padeciendo aquel dolor, era su alma, su ser de luz… ¡Se estaba apagando!

El hombre, que antes le sostenía las manos, también lloraba apoyando su cabeza junto al rostro de mi madre. Le oí balbucear algunas palabras entrecortadas y entonces puede reconocer su voz. La había sentido muchas veces mezclada con la de mi madre. Era mi padre.

Sentí y vi con mis propios ojos todo lo horrible que se presentaba este mundo: metálico y frío, con aquella luz blanca y cegadora inundando toda la estancia en que nos encontrábamos. Nada era azul, ni había rastro de paz alguna  a mi alrededor. No me sentía capaz de vivir en un lugar así. Por eso creí que había llegado el momento de partir definitivamente de allí. Miré hacia arriba, invocando a mi estrella. ¿Dónde estaba ahora el camino de regreso?, ¿Acaso podría también mi madre venir allí conmigo?

Traté de hablarle en mi lenguaje sin palabras. ¡Vociferé, llamándola sin palabras! Pero ella no me oía o no entendía aquel lenguaje con en el que yo trataba desesperadamente de comunicarme con ella.

De repente, sentí una extraña fuerza que me atraía hacia su pecho y quise estar unos instantes junto a ella. Algo empezaba a decirme, que no podía marcharme de aquel modo, sin despedirme, después del largo tiempo en que había estado viviendo y desarrollando mi cuerpo en su interior.

Volví primero frente a mi pequeño cuerpo, vi un hilo plateado prácticamente imperceptible que me unía aún a él. Y en aquel momento, sentí un fuerte deseo de volver a tomarlo. De regresar, a pesar del dolor que pudiese causarme de nuevo la experiencia.

Me concentré pensado en aquella luz rosada tan hermosa, que lo envolvía todo cuando entré por primera vez. Reviví el amor de la aureola azul que el cuerpo de mi madre desprendía cuando la vi por primera vez, antes de entrar en su ser. Y entonces, pude sentir de nuevo una fuerte sacudida. Una corriente energética que me estremeció por completo. Sorprendido, me di cuenta de que ya no existía el dolor. Ahora solo sentía frío, mucho, mucho frío…

Empecé a mover mis pequeños brazos, aturdido. Alguien se abalanzó rápidamente sobre mí al percibir mis torpes movimientos. Me cogieron nuevamente por las piernas, palmeando esta vez con suavidad mi espalda.

Un aire espeso estaba penetrando a través de mi boca, llegando como una ráfaga hasta el centro de mi pecho. Algo se me quebró por un instante dentro y sentí como aquella punzada de aire clavada en mi interior, me hacía estallar en un poderoso llanto.

El hombre que me sostenía gritó al instante: “¡Está vivo!, ¡Está vivo!, ¡Es increíble!”

Me cubrió rápidamente con una tela muy suave. Me limpió la nariz y me puso sobre el pecho de mi madre. Abrí los ojos y pude ver su rostro y como de nuevo, empezaba a brillar aquella luz tan hermosa que lo rodeaba. Había dejado de llorar y ahora cobijaba tiernamente entre sus brazos mi cuerpo, mientras me besaba.

Sentí que mi padre también me tocaba; deslizando suavemente una mano por mi cabeza y cogiendo con su otra mano una de las mías, como si fuese el tesoro más grande del mundo.

Una oleada de amor me estremeció por completo, porque al silenciar mi llanto pude escuchar a través del pecho de mi madre de nuevo el latido de su corazón. Aquel sonido tan familiar que siempre lograba devolverme la paz y la calma.

Y entonces decidí quedarme allí para siempre y aprender a vivir al lado de su corazón. Finalmente comprendía lo que acababa de sucederme…

Había nacido en el mundo de los hombres.

Pasaron apenas unos minutos y me iba sintiendo cada vez mejor entre sus brazos. Y entonces; cerré los ojos y me sumergí perpetuamente en el olvido, perdiendo hasta hoy mis recuerdos, mientras lloraba y lloraba de frío, hasta que me quedé completamente dormido sobre su pecho.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Ahora ya soy un anciano, con un cuerpo tan cansado y viejo que últimamente hacía que me sintiese demasiado torpe y agotado.

Recuerdo los sueños de los últimos días aquí en la tierra… Algo superior a mí me estaba pidiendo que descansara, que regresara al espacio donde el cuerpo ya no es necesario.

Hoy sé que cumplí la meta que me trazaron.

Aprendí a vivir en este mundo lo mejor que pude. He conocido la dicha intensa y el llanto amargo, el dolor y el placer pegado al cuerpo y al alma. He conocido a lo largo de mi vida hombres bondadosos y hombres terriblemente aferrados a sus egos. He tenido la suerte de tener muchos años conmigo al más fiel de los amigos: mi hermoso perro Sensei, el mayor maestro de amor incondicional que me ha acompañado, durante largo tiempo en esta vida.

He sido niño y hombre, amigo y no amigo, hijo y padre, amado y amante.

Sí, he tenido la dicha de ser amado y amante. Pero sobre todo he sido hasta al final de mi vida: la luz y la sombra de mi propio reflejo interno, aquel que nació en el alma de una estrella.

Ahora ya solo deseo volver junto a ella. No quisiera escapar esta vez del olvido, pero aún desconozco lo que va a sucederme.

Vuelven a pasar todas las imágenes de nuevo fugaces frente a mí…

Veo en una proyección inmensa toda mi vida. Pasan velozmente cada uno de los sentimientos y los seres, que me han acompañado en este camino. También las emociones que he vivido, los mejores recuerdos, los más bellos… La película más hermosa, que ahora puedo imaginar: la de mi vida, aquí en la Tierra. Y todo aquello que no desearía olvidar, sino llevarme conmigo para contarle a mi estrella.

“Cielo limpio” en Barcelona, imagen tomada al amanecer desde el Guinardó

Empiezo a regresar al sueño en el que vuelvo a ver a todas mis almas amadas: a mi madre, a mi amada esposa María, a mi querido y fiel amigo Sensei*, a mi estrella… Están todos conmigo.

Y yo me siento empujado por esa extraña fuerza del cielo que me obliga a salir del tiempo, de la carne a la que sé, que ya no pertenezco.

Sensei* en japonés significa maestro.

Aparece de nuevo el túnel frente a mí: su increíble y maravillosa luz, está inundándolo todo. Primero rosada, luego color oro y allí al final del camino, al fondo del trayecto…

Azul, intensamente azul índigo…

Hoy es viernes de un día de la Era de Acuario. Sé que está reinando piscis en el cielo estelar, el último signo del camino del alma. El final de la rueda.

Todo es azul de nuevo. Índigo, como el lugar al que pertenezco y al que estoy regresando en un largo sueño, flotando entre nubes de brumas azules y doradas esperanzas…

de reencuentro.

Fin
Akaal – Ajeet Kaur (feat Trevor Hall) – with lyrics english/french
El amanecer del alma
Om mani padme hum

Con este largo relato, que viene de mi mundo de sueños lúcidos, he deseado hacer un homenaje a todos aquellos que se han marchado y se están marchando de esta Tierra que conocemos, como consecuencia de la Pandemia que ahora estamos viviendo. Y también a cada uno de su amigos y familiares; con el deseo por mi parte de que puedan de alguna manera consolarse, al comprender que TODOS venimos de las estrellas y que el regreso a ellas, cuando decidimos marcharnos, es infinitamente hermoso.

Muchas Gracias, a todos los que os habéis acercado a leer este relato de la vida y la muerte.

En realidad, siento que todo es mucho más sencillo de lo que imaginamos y recreamos tantas veces en nuestras mentes.

Regreso a la primera cita del relato, para despedirme ya de vosotros…

“Los pasos que damos en la vida, son el sentido de nuestro camino

y el camino que recorremos es lo que da sentido a nuestras vidas.

Somos viajeros del tiempo regresando a la Tierra…

Venimos de muy, muy  lejos. Venimos de las estrellas.

Somos esencia divina, viviendo una experiencia humana.

Caminando sobre la Tierra para aprender a ser humanos.

Pero eso solo podemos lograrlo siguiendo el único camino verdadero:

el de nuestro corazón.

Caminando con firmeza, con impecabilidad sobre la Tierra,

y poniéndonos al servicio y haciendo del corazón:

el verdadero oficio”

MM

¡Quédate en casa!_día 44_ relato…Vengo de las estrellas_parte 2

Imagen de Pintarest

Según fui comprendiendo; allí debería vivir primero en una madre para luego crecer fuera de ella y transformarme poco a poco en hombre.

Recuerdo que empecé a preguntarme, cómo sería ser un hombre y si acaso no iba a ser demasiado doloroso vivir esa experiencia de estar tan solo y tan lejos del cuerpo de mi estrella. 

Pronto supe que no iba a estar tan solo. Me contaron que allí había millones de seres como yo, y que aquel lugar hacia el que yo me dirigiría era un planeta muy rico, pero agotado y ensombrecido día tras día a causa de que los seres que lo habían ido habitando no habían respetado la armonía de su naturaleza y generación tras generación, en el transcurso de los tiempos, se había ido destruyendo en gran parte su riqueza.

Contaban que allí existía un sentimiento profundo que no se vive en el cosmos. Lo llamaban dolor y todo era confuso en él. Reinaba el miedo y la soledad en los seres que así se sentían y que incluso la mayor parte de ellos, que procedían de cuerpos estelares como el mío, se inundaban en ese dolor al haber perdido completamente sus recuerdos al llegar a la tierra,

Supe también, que allí las personas, a menudo se sentían solas y extrañas, que no veían la luz, ni crecían dentro de ella. Que todo era bastante contradictorio, que se vivía en los extremos del sentimiento, de la razón, de la mente, del corazón y de los egos.

Había hombres que amaban intensamente y se entregaban a una vida noble y otros que, sin embargo, vivían confundidos entre el odio y la desesperanza y hasta llegaban a matarse entre ellos alimentando la maldad y la venganza, sin averiguar nunca lo que buscaban con aquello.

No cesaba de preguntarme, cómo viviría yo en aquel lugar, quien iba ser mi nueva madre, aquella que me iba a dar una vida nueva, tan diferente a la única que yo conocía hasta entonces. Pero, sobre todo: cómo iba a poder reconocerla y encontrarla, en aquel mundo que, a mis ojos, parecía tan extraño.

Recuerdo que pensé, si acaso debía tener ella una luminosidad azul tan hermosa como la de mi estrella.

Estuve bastante triste unos días antes de marcharme, pues todo cuanto necesitaba era la luz de mi estrella. Viviendo y siendo parte de aquel cuerpo de luz y polvo cósmico era donde desde que tuve memoria de ser, yo había aprendido a fluir; presente y consciente en la totalidad, en la paz absoluta que mi estrella se había proporcionado siempre.

Fue un larguísimo viaje, sí. Pero no tuve ninguna duda cuando al fin la encontré. Había soñado con su imagen, tuve una visión clara: vi su rostro humano, sus ojos brillantes y una bruma azulada que la envolvía, del mismo modo que una nebulosa azul rodeaba a mi estrella, cuando yo me separaba de ella para contemplarla en la lejanía.

Sé que estuve un tiempo distante de ella, simplemente observándola. Hasta que un día, mientras soñaba, me vi arrastrado de una forma casi mágica hacia su cuerpo. Sentí una fuerza increíblemente poderosa y me encontré de repente en el umbral de un largo túnel rosado. Empecé a sentirme en él blando, cálido y muy dichoso.

Cuando pude darme cuenta, ya había traspasado la barrera que nos separaba y me encontré viviendo en el interior de su ser, de su útero, de su cuerpo de carne, huesos y luz femenina, como la de mi estrella.

Poco a poco, envuelto en aquel pequeño mundo de calor y sensaciones, iba creciendo mi pequeño cuerpo humano.

Imagen de Teresa Salvador, “Fábulas” en Flickr
¡Me gustan las flores!

Empecé a abrirme a los sentidos, aprendiendo a controlar los movimientos de cada uno de mis miembros. Cuando agitaba los brazos, para acercarme las manos hasta la boca y llenarla con mis dedos, en ese afán de chuparlos, sentía un placer inmenso. Sí, eso me gustaba muchísimo.


Imagen de la red

También movía con fuerza las piernas y daba patadas a las paredes blandas que me rodeaban, así probaba probar mis propias fuerzas y cómo mis pequeñas habilidades iban desarrollándose día tras días.

Intuía que a ella le gustaba sentirme jugando, en continuo movimiento. Y yo podía percibir, a través de aquellas paredes de carne, músculo y piel que físicamente nos separaban, el calor de sus manos palpándome a mí.

Y allí complacido, con la boca llena de dedos, la escuchaba hablar a menudo y a veces hasta tatarear una musiquilla que me encantaba, porque me serenaba hasta hacerme caer en un sueño dulce y profundo.

Aprendí más adelante a agudizar mi oído, para apreciar mejor cada matiz del más grande de todos los sonidos: el de su corazón. Su sonido me volvía a transportar a la calma sencilla del Cosmos y con el tiempo, pude llegar a sentirlo con más intensidad que el mío propio. Fui conociendo sus ritmos, porque escuchando aquellos latidos podía percibir muy bien, cómo mi madre se sentía. Y así, si ella descansaba, si no sentía yo ningún movimiento, trataba también de dormirme, en la paz de sus latidos.

Era entonces cuando podía empezar a comprender la vida que ella vivía en ese mundo. A través de mis sueños y no de mis sentidos. También solía viajar desde ellos, de nuevo, hacia la luz de mi estrella. Era un viaje sin cuerpo, sin otro deseo que el de seguir viéndola día tras día, aunque fuera solamente por el breve tiempo que durara mi sueño. A él llegaban también, los maestros de la luz y me contaban cada vez más detalles acerca de mi presente y de cómo iba a desarrollarse todo conforme yo estuviese preparado para ello. Me dijeron que debería abandonar el cuerpo de mi madre y vivir con el mío propio, fuera de aquel tierno espacio que entonces ya era mi único mundo.

Un día al despertar supe que no podría permanecer demasiado tiempo más allí. Apenas tenía sitio para moverme. Ese día, lo reconozco, tuve muchísimo miedo. Un miedo que jamás antes había sentido y me acurruqué, escondiendo la cabeza entre mis brazos, escuchando su latido para recogerme aún más en mí mismo, para no ocupar demasiado espacio, ya que yo no me sentía aún seguro para abandonar aquel lugar que era para mi tan amoroso y placentero.

Me había acostumbrado a jugar con el agua tibia que me envolvía. Intentaba atraparla con mis manos, con mi boca, entraba y salía de ella, se escapaba hacia dentro y cuando en mi torpeza, me la tragaba, me divertía sintiendo como recorría todo mi cuerpo.

Pero un día, mientras dormía, me despertó su latido extrañamente acelerado. Por primera vez sentí, cómo empezaban a oprimirme las paredes de mi casa con una fuerza casi insoportable. Todo temblaba a mi alrededor. Tuve tanto miedo, que empecé a luchar contra aquellas paredes que entonces me parecían hostiles y extrañamente contraídas. Di varios golpes con insistencia y de repente una fuerte sacudida me bloqueó. Sentí como perdía mi agua, me agité inquieto buscándola, pero ya nunca más pude recuperarla.

Algo se había quebrado bajo mi cabeza y me veía cada vez más impulsado hacia ese precipicio que se abría sin remedio ante mí. Apenas sentía ya fuerzas para resistirme. En un momento de breve quietud, pude sentir como mi madre gritaba asustada, estaba llamando a alguien, mientras todo se nublaba en mi mente.

Entonces, pude ver el fondo de mi casa quebrándose bajo mi cabeza, mientras esa fuerza aplastante me empujaba hacia el hueco que acababa de surgir frente a mí.

Continua en el siguiente post…

Imagen de la red

Regresando a casa

¡Quédate en casa!_día 44_ Relato…Vengo de las estrellas_parte 1


Obra de Manuel Luna, óleo pintado sobre lienzo: “La carga que tanto pesa” e Imagen de Sirio, tomada de la red

“Los pasos que damos en la vida, son el sentido de nuestro camino

y el camino que recorremos es lo que da sentido a nuestras vidas.

Somos viajeros del tiempo regresando a la Tierra…

Venimos de muy, muy  lejos. Venimos de las estrellas.

Somos esencia divina, viviendo una experiencia humana.

Caminando sobre la Tierra para aprender a ser humanos.

Pero eso solo podemos lograrlo siguiendo el único camino verdadero:

el de nuestro corazón.

Caminando con firmeza, con impecabilidad sobre la Tierra,

y poniéndonos al servicio y haciendo del corazón:

el verdadero oficio”

MM

Obra de Manuel Luna, óleo sobre lienzo: “El poder del olvido

Tengo 84 años y ayer mismo, me atropelló una furgoneta en la calle a solo unos metros de mi casa. Estaba distraído y cruce sin mirar, cuando de repente sentí una fuerte embestida me tiró al suelo frenando en seco sobre mi cuerpo. Creo que se me rompió la pelvis y tal vez alguna costilla porque sentí un dolor tan fuerte, que me desmayé perdiendo completamente el conocimiento.

Hoy, al despertar en este cuerpo maltrecho me he dado cuenta al fin de todo y he estoy tratando de escapar de él, para no sentir más el dolor de la carne y de los huesos rotos, que a pesar de los calmantes se me hace ya insoportable.

Cierro los ojos llenándome de paz al despertar de este sueño que me ha llevado, otra vez, al lugar del que procedo. Creo que hace apenas unas horas que han empezado a volver a mí los recuerdos, y ha sido mientras estaba viendo cómo los médicos manipulaban con sus instrumentos mi viejo cuerpo herido y fracturado, ahí abajo. Sé que esta vez, hagan lo que hagan no voy a regresar.

Me siento flotando en el aire de un frío quirófano hospitalario. Y resulta  gracioso pensar que hacía ya 84 años, que no estaba en un lugar como este…Empiezo a serenarme observando cómo transcurre rápidamente, el tiempo que falta para que al fin pueda marcharme.

Estoy viendo maravillado, con una lucidez absoluta, todo aquello que durante tantos años quise saber. Y ese poder que trae hacia mi ser el recuerdo más antiguo, me permite aniquilar todos los miedos que un hombre siente ante la muerte. Ahora comprendo muy bien, que si el ser humano supiese que en las horas que preceden a su fin regresa a la memoria absolutamente TODO ese miedo que construye a lo largo de su existencia no tendría ningún sentido.

He visto con imágenes y sensaciones a flor de piel, como si de una película proyectada velozmente frente a mí se tratase,  todo cuanto me ha sucedido en estos 84 años de vida en la que ya he pasado por ser niño, hombre y finalmente anciano.

Me he visto llorando, con millares de lágrimas de sal, en el calor del recuerdo que me trae la imagen de María y en el sentimiento profundo que, en mi ser, ella siempre ha despertado.

Mi esposa, María; sus ojos, chispas de vida, sus caricias, su dulzura, tan encargada de despertar en mí el más intenso de los placeres que un hombre puede vivir aquí en la tierra: el sueño del amor realizado.

Y acaso aún me tiembla la arrolladora fuerza de ese amor suyo en la carne, como si fuese  todavía posible, que después de tantos años en mis labios, permanezca aún la esencia de todos los besos que ella me dio. O que permanezca en mi mente, el recuerdo de su voz; como una caricia que en el aire ha seguido cobijándome día tras día, cuando después de 15 años de no tenerla a mi lado no he dejado de pensar en todo cuanto los dos hemos vivido juntos en este mundo.

Iba soñando despierto, como casi siempre, cuando me atropellaron. Sí, María…¿Por qué no iba a reconocerlo? Miro ahora hacia arriba, allí donde quiera que esté y sonrío pensando cuánta razón tenía cuando me decía: “Siempre andas en las nubes… Tan despistado por la calle que un día tendremos un disgusto”.

Pienso también ahora qué suerte que se marchase primero ella pues conociéndola, hubiese sido mucho más duro vivir aquí sin mí para ella.

Más allá de mis recuerdos como hombre me he ido viendo tiernamente en el niño de mi primera infancia, jugando a los juegos que me enseñaron a Ser; creciendo frente a los ojos de mi madre, regocijándome en la risa y en esa felicidad de la inocencia y del florecer de los sentidos. Del vivir tan solamente para el juego, para el mágico instante presente del ahora. Ese es el don de ser niño, ¡Qué triste que a menudo lo perdamos al hacernos adultos!

Sé, que cada uno de esos momentos que viví dentro de mi niño,  fue sumamente importante en mi camino. Y completamente necesario en mi aprender desde la infancia el sentido que iba a tener para mí, ser por primera vez hombre en un mundo donde todo era algo extraño; tan material, tan denso y repleto de dualidades.

Creo que siempre intuí, que por debajo de mis estrellas existían otros lugares lejanos. Mundos en los que el tiempo transcurría a otro ritmo muy diferente al que yo conocía antes de venir aquí.

Hoy he vuelto a recordar que nací en una estrella, en una galaxia muy lejana a este sistema solar. Sí, ahora ya sé que yo vine de un cúmulo abierto de la constelación de Canis, la que contiene a la hermosa estrella Sirio.

El polvo cósmico que envolvía mi grupo estelar desprendía un halo azul que llegaba a transformarse en una nebulosa lila, incluso a veces rosada o roja. De hecho, mi pequeño grupo estelar estaba siempre en continua y maravillosa transformación. Ese fue mi primer hogar, del que surgió mi verdadera esencia hace eones y eones de años.

Había a mí alrededor muchísimos como yo, infinidad de cuerpos estelares habitados por seres de energía y luz como la mía. Desde allí los observaba, fundiéndose en armonía con el cosmos, adoptando incluso la apariencia, la luz y el destello cambiante de las formas estelares que los cobijaban.

Había en mi cielo, estrellas rojas, amarillas, azules, nebulosas doradas, rosadas, todas ellas con matices de colores que jamás pude ver aquí, en este mundo. Aunque siempre el azul, acaba predominando por encima del resto de los tonos.

Moraban allí, junto a nosotros,  unos maestros de luz inmensa, unos sabios; aquellos que mediante su energía nos protegían y nos enseñaban a permanecer en armonía con el cosmos, con el señor de los cielos, que reinaba más allá de las galaxias y de los cuerpos estelares.

Moraban allí, junto a nosotros,  unos maestros de luz inmensa, unos sabios; aquellos que mediante su energía nos protegían y nos enseñaban a permanecer en armonía con el cosmos, con el señor de los cielos, que reinaba más allá de las galaxias y de los cuerpos estelares. Ellos fueron los que me dijeron que debía emprender un largo viaje hacia otro mundo, durante el transcurso del cual se borraría de mi memoria el recuerdo de todo cuanto antes había sido mientras estuve allí.

Un día pronunciaron su nombre, aquel lugar se llamaba “La Tierra”, era un planeta azul y verde que estaba en una galaxia muy lejana a la mía.

Continua en el siguiente post…

Imagen de la Tierra obtenida en la red

Viaje por el Universo

¡Quédate en casa! Día 41_ La escuela de la vida

Un sueño lúcido…
Yo sé que, a veces, cuando sueño viajo a lugares secretos que me enseñan la verdad de otra realidad…

Color of Nature, imagen de Wendy Mamattah en Pintarest

Hace un tiempo, tuve un sueño bastante extraño, que hoy os quiero contar…

Yo estaba en una habitación vacía, completamente sola, esperando a que llegase alguien. Era una sala blanca y diáfana, con una gran pizarra situada al fondo y unas sillas dispuestas a lo largo de ella.

Cuando llevaba un rato allí esperando, llegó un hombre vestido con una túnica roja, como si se tratase de un monje tibetano. Iba descalzo y su mirada limpísima me traspasaba, conforme se iba aproximando a mí.

Nada más entrar él en aquella estancia,  sentí cómo me embriagaba una sensación de paz inmensa y recordé porqué estaba en aquel lugar y  a qué había ido exactamente. Aquel hombre iba a revelarme todo acerca de la vida. TODO cuanto yo quisiera preguntarle o necesitase saber.

No hablábamos el mismo idioma, por eso él empezó a dibujar símbolos y unos dibujos maravillosos sobre la pizarra, cuyo significado yo podía comprender poniendo solamente un poquito de imaginación.

Y una por una, él fue respondiendo a todas mis preguntas. Imagino que las típicas que nos hacemos la mayoría de los mortales, ¿Verdad?

¿Qué hacía yo aquí, en este lugar, en este mundo y en este ahora?

¿Era bueno o no tan bueno soñar?

Soñar hasta cuando sabes que estás despierto. Soñar a cada momento y sentir que vives perpetuamente soñando…

¿Y por qué el amor iba y venía y a veces te lastimaba y otras, sin embargo,  te hacía sentir el ser más dichoso de este mundo?

O ¿Por qué seguía yo, año tras año en mi trabajo si ya no había nada allí que me hiciera sentir  mínimamente útil o feliz?

¿Cuál era la razón de que el ser humano, se implicara tantas veces en cosas que no deseaba realmente con el corazón?

Y ¿Por qué en algunas ocasiones cometíamos tantas maldades, cuando nos habían enseñado a ser desde niños buenas personas?

Pero sobre todo…

¿Cuál era nuestro camino o muestra “misión”, sí es que había aquí “misiones” que cumplir?

¿Y por qué algunas veces nos costaba tanto levantarnos, después de algún fracaso? ¿Después de fallar en algo que confiábamos que debería habernos salido bien?

Por qué después de tanto tiempo yo aún no comprendía casi nada del sentido de esta vida. ¿De mi propia vida?

¿Y de qué lugar venimos y hacia dónde vamos?

Si es que nos dirigimos todos hacia el mismo lugar…

Al mismo lugar los tristes que los alegres, los pobres que los ricos, los poetas que los escritores, los músicos que los ladrones, los abogados que los médicos, los que hablan de que los que callan, los que hieren que los que aman, los que matan,  los que salvan vidas, los que sufren, los que padecen, los que entregan, los que florecen, los que gozan…

¿Hacia dónde íbamos cada uno de nosotros?

¿Qué cielo nos estábamos ganando aquí en la Tierra?

Imagen del pirineo aragonés, Valle de Plan, tomada por mí misma

Si es que había, algún cielo que ganarse o que perder.

Aquel hombre, tuvo una santa paciencia conmigo. Recuerdo que estuvimos “conversando” toda la noche, mientras yo dormía sobre mi cama.

Y me sentía inmensamente feliz de saber por fin las respuestas a mis eternas preguntas, aquellas que había empezado a hacerme ya desde que era una adolescente. Una a una, por fin se iban desvelando frente a mis ojos. A veces mediante símbolos que él trazaba en la pizarra, otras a través de aquellos dibujos maravillosos y llenos de vida que plasmaba con sus tizas de colores.

Recuerdo que hasta tomé algunos apuntes para no olvidarme de nada. Como si estuviese de nuevo en la escuela. Porque en ese sueño, aquella sala era:

la Escuela de la Vida.

Pero, ¿sabéis? Lo más terrible fue que al despertarme, no pude recordar apenas nada de lo que él me había explicado tan detalladamente.

Traté de concentrarme mucho, pero fue inútil. La pizarra de mi mente se había quedado prácticamente en blanco. Y mi libreta de apuntes era solamente un objeto perdido en  aquel extraño sueño.

Sí pude recordar,  la presencia y la fuerza de sus ojos entrando en mí,  durante todo el tiempo que estuvimos juntos, mientras él había ido leyendo cada uno de mis pensamientos y de mis dudas.

Recordé también, después de mucho esfuerzo,  aquel momento en que cuando yo le había preguntado acerca del mundo de los sueños, por qué yo soñaba tanto y si eso era bueno y conveniente, sí estaba bien soñar…

Una sonrisa inmensa se había apoderado de su rostro y  sus ojos se habían empezado a iluminar, mientras dibujaba en la pizarra un inmenso arco iris y unos niños que estaban jugando por delante de él, en un gran prado. Y detrás del arco iris, esos niños eran ya hombres, pero con las mismas caras de los niños que estaban jugando por delante del arcoíris.

Yo estaba allí también plasmada en aquel cuadro que él había pintado sobre la pizarra, y me vi en la cara de una niña que jugaba sentada en la hierba con su muñeca y en también en la cara de una mujer que iba  caminando hacia algún lugar detrás del arcoíris, junto al resto de los hombres.

Hoy quiero pensar que aquel hombre tan sabio de mi sueño, pretendía hacerme comprender a través de aquellos hermosos dibujos: ¡Qué sí!  Que soñar es algo bueno y necesario. Y hoy me atrevo a decir:

Qué es bastante bueno es soñar!

Imagen de Henry Perdomo, en Pintarest

Porque al menos, a través de nuestros sueños, podemos llegar a atravesar el arcoíris, a llenarnos de vida, de luz,  de color y seguir siendo niños eternos.

No puedo recordar tampoco, en qué lugar del cuadro de su arco iris estaban situados los niños y los hombres que no soñaban, los que no se atrevían a hacerlo.

“Mujer de aire”, imagen de Teresa Salvador “Fábulas” en Flickr

“La Pasión hace nueva a la vieja medicina:

la Pasión corta la rama del cansancio.

La Pasión es el elixir que renueva:

¿cómo puede haber cansancio

cuando está presente la pasión?

oh, no suspires con pesadez por la fatiga:

¡Busca la Pasión, búscala, búscala!

RUMI  

A Gift Of Love
Rumi Poems| Peaceful music| Sufi |Deepak Chopra/Madonna/Anandmurti Gurumaa

¡Quédate en casa!_día 40_ el mar y volaaaar

Hoy, según mis cuentas, hemos llegado al día 40 de esta cuarentena y yo quería hacer un homenaje a todos los mayores que se han marchado a causa del Covid 19.
Y también a todos aquellos ancianos que están viviendo esta cuarentena en soledad, lejos de sus nietos y de sus seres queridos.
Y por supuesto también a todos los niños que están siendo verdaderos héroes, aprendiendo a volar y a soñar desde sus hogares.
Por eso, hoy este relato de mi infancia es para todos y cada uno de ellos.

Imagen “Granito de sal” de Teresa Salvador, “Fábulas” en Flickr

A mi abuela María

y a todos los que saben soñar que vuelan…

Aquella tarde mi hermano David, estaba muy triste. Tenía la cara empapada y los ojos enrojecidos de tanto llorar por la abuela. Yo solo tenía nueve años, pero ya no lloraba, porque ella me había pedido que no llorásemos demasiado.

Bueno, en realidad si que lloré un buen rato. Pero me sequé las lágrimas antes de ir a buscarlo a él para arrancarlo de las faldas de nuestra madre.

_ ¡Vamos a jugar a volar!_ le dije sonriendo a mi hermano.

_¡Pero yo no quiero jugar a volar!_me dijo él_ ¡Yo quiero jugar a pistoleros!

_¡No, a mí no me gusta jugar a eso!_le dije_ Yo quiero volar, como la abuela.

_ ¡Pero yo no quiero volar, que me caigo!_dijo él protestando.

_ No te caes_le dije yo_ En realidad solo sueñas que estás volando y entonces es como si volases de verdad.

_ ¡Pero yo no tengo alas y sí que me voy a caer!_reiteraba él convencido.

_¡Sí tienes! ¡Lo que pasa es que no las ves!_le dije yo_ Ayer me lo dijo la abuela; que cuando juegas a que vuelas, sueñas que vuelas y entonces tienes alas y ya nunca te caes.

_ ¿Estás segura?_me preguntó él.

_ ¡Claro! Justo ayer, ella lo dijo antes de irse al cielo y darme un beso. ¿Sabes?La abuela se puso a jugar a que se dormía para empezar a volar. Después se quedó dormida de mentira, como la bella durmiente, pero todos han pensado que ella está dormida para siempre.

_ ¿Y no está dormida para siempre?_me preguntó él sorprendido.

_ ¡No! _le dije sonriendo_ ¡Está despierta! Lo que pasa es que se ha ido a vivir al cielo. Se puso a soñar que volaba muy alto y así, se fue al cielo. Y se ha quedado allí a volar para siempre, porque aquí le dolían mucho los huesos.

_ ¿De verdad?_me preguntaba él.

_¡Sí! Eso me dijo ayer, antes de marcharse y que por las noches dormiría junto a los ángeles. Por eso no he llorado como mamá, porque sé que ella está en el cielo y que está muy contenta de estar allí.

_ ¿Y allí ya no le duelen los huesos?_preguntó él sorprendido.

_ No, porque allí el cuerpo no pesa nada. Es como los globos de la feria que cuando vuelan, no pesan. Pero nosotros solo jugaremos “a volar” un ratito y luego vendremos a cenar para que mami no se enfade y no esté triste.

_ ¿Por qué aun no nos duelen los huesos como a la abuela?_ me preguntó él sonriendo.
_¡Claro, por eso! _ le respondí yo.

Y aquella tarde estuvimos “volando” todo el tiempo por la casa. Fuimos del patio al salón, de la cocina al cuarto y del cuarto hasta la luna.

Cuando se hizo de noche, estábamos exhaustos y no habíamos llorado nada. Porque la abuela no quería que lo hiciésemos y además jugar a volar era muy divertido. Así que a partir de aquel día, cada tarde cuando estábamos aburridos jugamos a volar y lo pasábamos en grande. Claro que David siempre llevaba enfundada la pistola y a veces la sacaba para pegar algún tiro contra el viento…

Al cabo de unos meses, una tarde en la playa, mi hermano vino corriendo hacia mí, con una caracola grande entre las manos y me dijo sonriendo:

_ ¡Mira, tata! ¡El mar también sueña que vuela! Se mete dentro de las caracolas y suena como el viento_ y se puso la caracola en el oído, después de decirme eso.

_ ¡Sí!_  le dije yo_  El mar también sueña que vuela, por eso siempre se ve azul como el cielo y suena como el viento rugiendo dentro de las caracolas.

Caracola, imagen de la red

Rumi ♡ – Say I Am You…

¡Quédate en casa”_ Día 39_diada de San Jordi… y Todo lo que añoro

“Hoy me desgrano en lo que añoro:
el buen amar y el mar de un sueño que vive en
Cadaqués”

Sueño que estoy de nuevo sentada frente al mar. Que nada como recordar su azul intenso, me está devolviendo hoy la calma. Que podría pasarme el día entero allí, porque en los momentos en los que no he sabido bien qué hacer, siempre he caminado por una playa y me sentado frente al mar, para que él me diese una respuesta.

Del mar regresan a mí los dones, los tesoros, también las añoranzas. Las viejas fórmulas que hilaba siempre en mi infancia para ser feliz y vivir confiada jugando, simplemente al juego de la vida.

¿Cómo era jugar con la arena gruesa del mar de Cadaqués o con las pequeñas piedras cayendo entre mis dedos, como si fuesen sueños fértiles a punto de florecer?

Tengo tantas preguntas por resolver, que vuelvo a ser la niña y vuelvo a ser el mar en este sueño. Y hago castillos de verdad y caminos con conchas que me llevan hacia ti.

Vuelvo a sentir un profundo respeto por la bravura del mar de Cadaqués, por eso no me baño en mi sueño. Solo me siento a contemplar su soledad y la mía. Cierro los ojos y estoy dentro de un cuadro. Un pintor me está pintando, allí sentada de espaldas:  mujer, niña y mar. Todo es posible al mismo tiempo, mientras mis ojos mediterráneos, quisieran estar volando hacia el mar de Kerala. Siento que tú aún no conoces las palabras sencillas del buen amor. Las acciones y gestos del buen amor, y que este pintor es un Dios que está leyendo mis pensamientos y que me dice: que TODO es el mismo MAR y el mismo AMOR y que así va a dibujarlo sobre su lienzo.

Se hace de noche y ahora veo la luna nueva, sobre unas aguas que ya se han quedado en calma. Como si las olas también necesitasen dormir sus propios sueños y su deseo de buen amor.

Y yo, vuelvo a recordar que todo es un mismo mar. Que así lo dijo el Dios-pintor antes de marcharse y yo podré descansar, ser la mujer de solo mar mientras miro hacia el cielo y veo nacer la luz de Venus.

Cierro los ojos y sueño que soy una estrella y que ya no tengo cuerpo de mujer. Ahora estoy en un cuadro precioso del firmamento, rodeada de gente estrella como yo. Allí vuelvo a encontrarme al Dios pintor, porque él es quien dibuja el firmamento, en el que estamos todos seguimos soñando por encima de una luna pequeña y blanca y de un planeta Verdi Azul que ya nos queda muy lejano.

De repente,  te veo a ti también junto a mí. Allí es muy fácil reconocernos. Nos damos un beso y nos cogemos las manos y empezamos a mirar el mundo que vive bajo nuestros pies, sintiendo que ya no queremos volver porque es muchísimo mejor ser estrellas, que humanos en cuerpos de hombre y de mujer.

Aquí la arena con la que jugamos es el polvo que dejan los cometas al pasar. No hay olas fuertes y bravas, ni virus del Covid 19 sembrando un caos universal y el miedo en la humanidad, que permanece encerrada, cada uno en su propia jaula y sin saber aún demasiado del buen AMAR.

Todo es Luz en este océano-cosmos lleno de púrpuras y azules, de índigos que envuelven suavemente la tez del universo.

No tenemos hambre, ni sed, ni miedo ante nada. Ni tan siquiera tenemos que esforzarnos en viajar para encontrarnos. O aprender el uno el idioma natal del otro, para intentar comprendernos algo mejor porque aquí hay una estrella madre, grande y luminosa que nos enseña todo cuanto necesitamos saber.

A caminar descalzos por la vía láctea, amándonos sin distancias. Y a sentir la música de las estrellas y hacer piruetas de luz, volando hacia Casiopea, escuchando la melodía del silencio detrás de cada cuerpo estelar, como un sutil canto de océanos.

Y nos sentimos luz de estrella, esa que aún no sabíamos muy bien cómo encender en la Tierra.

Gokanrna-Beach, Imagen de la red

Sueño que se hace de día y que ya no deseamos salir del cuadro pintado en el firmamento y que no necesitamos planear ningún viaje para reencontrarnos, porque ya somos reencuentro.

Pero despierto tristemente, emocionada y otra vez sola en mi habitación. Tú ya no estás a mi lado. Hace rato que ha sonado el despertador y si no empiezo a espabilarme,  llegaré tarde al trabajo en el hospital.

Corro volando hacia la ducha, suerte que me quedaba un poco de café de ayer y me lo tomo en un par de sorbos. Te escribo un mensaje, para contarte que estoy bien y que voy tarde, porque el sueño me atrapa una vez más…

Me visto, salgo a la calle, me pongo alas en los pies y empiezo a volar sobre el asfalto.

Uff, casi me olvido de los guantes para entrar en el metro y de la máscara y el cerebro, de la mujer sensata.

uelvo a ser mujer terráquea, o tal vez mujer de aire caída de una estrella y corriendo hacia este día que hoy menos que nunca, me va a gustar vivir sin ti.

Porque aquí, hoy es San Jordi y celebramos el amor, las rosas y la palabra escrita… Y recordamos una leyenda hermosa de nuestra tierra, que habla del valor de un caballero noble y de un temible dragón, que de su sangre nace una bandera, y de una princesa que debía ser rescatada por la nobleza del amor.

Y yo debería estar allí contigo, cerca de Delhi o de Kerala, regalándote un libro bien bonito y diciéndote que aún te amo. O deberías ser tú el que estuviese aquí conmigo, conociendo este tiempo y este mar que no deja de ser el mismo mar eterno.

Pero estamos aún confinados y eso tendrá que esperar…

Como el deseo y el beso y el mar de luz de Kerala,

o el hondo mar Mediterráneo

nos esperarán a ti y a mí y a que todo vuelva a la calma

y nos dejen ser reencuentro

o ser tal vez del mismo sueño y para el mismo mar…

Tal como esta noche me contaba

el Dios-Pintor del Universo

Childhood -L’enfance by Zbigniew Preisner

¡Quédate en casa!_día 36_ corriendo con lobos, cartas a maría

Imagen “golondrinas” de Teresa Salvador, “Fábulas” en Flickr

   Tú lo sabes abuela, yo era pequeña y etérea. Soñaba que volaba. Siempre soñaba que volaba. Hasta despierta, muchísimas veces, sentía que volaba. Y por eso tú me hacías sentir como una “niña de aire”. Porque fui rebelde, cuando la vida no me había enseñado aún a ser rebelde y una gran soñadora. Un alma soñadora y fantasiosa, cuando los sueños aún no habían tenido tiempo para soñarme a mí, a mis mundos y a mi niña de aire creciéndome por dentro.

Yo era sólo una chiquilla, llena de rizos y de pecas. Una niña esponja que se bebía el mundo con sus ganas de vivir y de saber. Entonces tú me decías que era de “carne y de cielo” y a mí me daba la risa y entonces te enfadabas bastante y sostenías muy seria el dedo señalándome, justo ahí en medio del pecho, para decirme que había en mí un cachito de cielo, un cachito de Dios, uno de esos pedacitos que él había repartido por el mundo entre las gentes y que nunca me olvidara de eso.

Por entonces, yo tenía mis alas. Tú me las pintabas cada tarde a la sombra de las parra, junto al olor del romero, debajo de la higuera. Me hiciste ser libertaria en todo lo que hacía y me enseñaste a ver lo que tú llamabas “los estigmas del alma” en las personas.

Y ahora comprendo que eso era ver su luz o su sombra reflejada en el fondo de sus ojos.
Y así fue como aprendí a ver quién era bueno y quién no me gustaba nada, solamente  con mirarlo. Sólo con ser tan valiente como para sostenerles al temple y frente a frente, la mirada.

Era tan niña que no comprendía aún sus “pros” ni sus “contras”. No entendía absolutamente nada de sus interrogantes o espesas palabras. Solamente veía el estigma que llevaban y cerraba los ojos, los oídos y por supuesto los puños, para tomar antes de huir  mis propias fuerzas.

Entonces abría las alas y me iba para no me distraerme de lo verdaderamente importante, que por entonces era: soñar, jugar y aprender a tu lado. Y comer chocolate y almendras garrapiñadas al caer la tarde.

Todo lo demás, quedaba aparte y tú lo sabes abuela. Era un aparte gigantesco, que no me importaba nada, que no afectaba a mi mundo de niña en lo más mínimo. Pero el día que te marchaste y mi realidad tomó un giró y empecé a caer en ese un punto cero sin retorno, sin respuestas, ni esquemas, ni razones y con demasiadas preguntas que ya no tenía a quién hacer.

No pude entender a ese buen Dios tuyo que de tan egoísta que era, te arrancaba de mi lado para llevarte hasta el cielo. Un cielo en el que yo ya jamás podría volver a verte. Pero era libertaría, porque tú me habías enseñado a serlo. A tener voluntad propia y a decidir mi vida. Así que decidí no creer más en tu buen Dios del amor. Iba a ser atea, aunque a ti no te gustara nada y  aunque a él tampoco le gustara. Aunque solamente tuviera 9 años y mi madre me diera un cachete cada vez que le decía que no quería ir a las misas y así rezar junto a ella por tu alma. ¿Alma? ¿Qué alma ni qué carajo? Si tú ya no estabas a mi lado, protestaba llorando de rabia.

Perdóname abuela, tú fuiste la primera muerte de mi infancia y siendo uno niño no está aún  preparado para perderse el privilegio de tener un ángel guardando sus espaldas y sus sueños. Aún así, sabes que traté de seguir soñando, siempre soñando y de recordar en cada duerme vela tus palabras.

Sin darme a penas cuenta, se me cambió aquel cuerpo pequeño de niña y el color de mis mundos detrás de los espejos se llenó de agujeros, por los que de tanto en tanto, se me colaban personas que no me gustaban nada ni por sus ojos, ni por sus formas. Pero eran poderosas y yo de aire y me pesaban, me dominaban y me pesaban intensamente, porque arrastraban consigo tantos pros y tantos contras… Tantas cosas que ya no debían dejar de hacerse o dejarse aparte, porque eran cosas súper importantes del día a día.

Aunque no quedase tiempo para soñar, ni para ser siquiera lo que uno mismo sentía que era.
Y así fue como empecé a hacer las cosas súper importantes que todo el mundo hacía. Porque ya no era una niña, porque ya era una mujer y tenía que ganarme la vida y el pan, pero sobre todo porque había decidido ser atea.

Y no quise darme cuenta de todo lo espantoso que llegaba a ser aquello; que me estaba haciendo un alma demasiado densa, que ponía vendas ciegas sobre mis ojos ciegos, que ya no me revelaba contra nada, ni contra nadie…Que se torcían mis alas y aún teniendo muchas razones para volar, no sabía u olvidaba cómo diablos hacerlo.

Ya nadie me dejaba ser yo misma, porque yo me había hecho un corazón cobarde a la medida perfecta de la moda de los tiempos.

Me levanté una mañana trastornada… Comprendí que aquello si no me movía, si yo no lo movía, si no lanzaba al abismo mis errores, mi arrastre por el mundo de los síes y del conformismo, nada cambiaría jamás en mi vida.

Tocaba ser huracán y ser cómo el huracán o quedarse como brisa suave y permanente enredada cual danza entre las sombras del mismo círculo vicioso. Siempre el mismo círculo amargo de querer y no poder ser lo que yo sentía Ser. Había que salvarse de ser cordero, dejar atrás el pellejo algodonoso y empezar a correr junto a los lobos. Tenía que aullarle a esas noches desgarradas y atreverme al fin a ser yo con todo el peso de mi alma y a beber de la vida con la intensidad necesaria en cada momento.

Decían por entonces de mí, que yo era una mujer intensa. Eso me hacía reír y sentirme orgullosa de mí misma al mismo tiempo. Fue entonces, abuela, cuando me demudé de aquella piel de cordero que ya no sentía mía y empecé a ser loba para correr junto a ellos. Para volver a ser rebelde, una mujer valiente, consecuente  y libre, con una niña de aire volando en sus entrañas. Y entonces abuela, me declaré guerrera. Rebelde, sí, pero una rebelde con causa. Y una guerrera.

Y como loba, me sentí renacer a la vida con mi primer cachorro entre los brazos_ y pensar que ahora ya tiene 22 años. Qué si lo vieras tiene tu mismo brillo en los ojos y tu risa y me hace sentir cómo extraña pensando que has vuelto ahí mismo, camuflada en su piel de niño para alumbrar de nuevo mi camino_ porque ha sido con él abuela, con quien empecé a creer de nuevo en la magia maravillosa que tú me contabas que existía. En la fuerza arrolladora que tiene la vida y en los cachitos de cielo que todos llevamos dentro, que mi hijo lleva dentro y le asoma como un bello estigma por los ojos.

Y sé que debo contarte todo esto, porque nunca es tarde abuela. Nunca es tarde. Y es muy bueno que allí donde estés, ahora sepas que vuelvo a ser rebelde y que vuelvo a ser guerrera. Que estoy corriendo veloz junto a los lobos y ahora sé que ha regresado hasta mi corazón…

Tu buen Dios del amor.

Mi hijo Nil, cuando tenía 7 años
Enigma, Beyond The Invisible

Historias para el despertar

Tomado del muro de Facebook de mi amigo Kokopelli, (Joan Hz)

¿Qué nos están haciendo?

¡Quédate en casa!_día 33_Haikus para un amor, un ángel y un violín

Respira un ángel

La vida nos reencuentra

Crecen las notas

Aire naciendo 

Eco de tus latidos

Sueñan mis dedos

Mi sueño gira

Corazones respiran

Sueños que laten

Tu beso dulce
Soy violín en tu pecho
Tu azul sin nubes 


Y frente al mar

Crepitan los azules

En mis dos alas

Butterfly Lovers Violin Concerto by Akiko Suwanai (part 1) 梁祝 小提琴协奏曲 诹

*Todas las imágenes de este post han sido obtenidas de la red

¡Quédate en casa!_Día 31_uN POEMA… somos luz y Somos 5 elementos

Nunca perseguí la gloria, ni dejar en la memoria de los hombres mi

canción; yo amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, 

como pompas de jabón. 

Me gusta verlos pintarse de sol y grana, volar 

bajo el cielo azul, temblar súbitamente y quebrarse… 

Nunca perseguí la gloria. 

Caminante, son tus huellas el camino y nada más; 

caminante, no hay camino, se hace camino al andar. 

Antonio Machado
Joan Manel Serrat
Cantares
Abadía de Glastonbury, en Somerset, (Inglaterra)

Agua, cascada, río, mar…¡ OCÉANO!!

Madera, rama, raíz, tronco, árbol… ¡ BOSQUE!!

Tierra, llanura, valle, montaña, cumbre… ¡ HORIZONTE !!

Metal,  cobre, plata, oro, mercurio, fusión… ¡ ALQUIMIA !!

Fuego, ascua, llama, lava, volcán, ceniza, renacimiento…¡ ENERGÍA !!

Los cinco elementos

La tierra que tenemos

El mundo que VIVIMOS y nos VIVE

Entre el Cielo y la Tierra

Las plantas, los árboles, los minerales, los animales,

el Hombre

Y por encima de todo:

El aire, el viento, la luz, el UNIVERSO

La LUNA, la madre, la noche, el sueño, el recogimiento…  

el YIN

El SOL, el padre, el centro, el astro, el día, la luz, el despertar…  

el YANG

La cuerda vital de nuestra VIDA:

La ENERGÍA

Yang es: calor, fuego, movimiento, expansión, masculino

Yin es: frío, agua, quietud, recogimiento, interior, femenino

No hay fuego sin aire que lo encienda,

sin madera que lo prenda

No hay tierra sin agua que la nutra,

sin fuego que viva la sangre

No hay madera sin agua y sin tierra,

sin viento y sin primavera

No hay metal sin madre, sin tierra, sin aire, sin otoño, sin fusión

No hay agua, sin sangre, sin fuego en la cumbre, sin invierno en el sur

No hay hombre:

sin aire

sin tierra

sin agua

sin fuego

sin sol

sin luna

No hay AMOR:

sin intención

sin aire

sin agua

sin llama

sin tierra

sin fusión

El Yang sin el Yin: está en vacío

Se debilita, enferma, muere

El Yin sin Yang: está en vacío

Se debilita, enferma, muere

El ser humano que no ama en esta tierra

Que no llega a entregarse a su dual en la tierra del hombre:

Está en vacío

No vive en la armonía de las leyes naturales…

Se debilita, enferma, duerme en la espera

No crece, no avanza, no se nutre

Llora 

Padece

Bebe del agua del alma

por no morir de sed

Camina triste el mundo

como el niño que se siente perdido

Camina solo y confundido

Somos YIN Somos YANG 

somos LUZ Somos DANZA

Somos LIBERTADES descalzas

Somos VIDA soñada

volcada a la ESPERANZA

de hallar un amor BLANCO

que nos haga ser dioses en el CIELO

y en la TIERRA

Que nos viva sin egos y sin LLANTOS 

Sin miedo y sin hambre en la SANGRE

Desnudos en la DANZA  como vinimos al MUNDO 

DESNUDOS EN LA DANZA

Que danza con la VIDA

SOMOS LUZ
Macaco y la Mari de Chambao

¡Quédate en casa!_Día 3o_ Estoy estudiando el alma de las flores…

Flor del manzano silvestre
Crab apple en el Sistema floral del Dr.Bach

Imagen de Teresa Salvador, Fábulas en Flickr

Estoy estudiando el alma de las flores…

Yo sé, que alguna vez he vivido un amor que no era un buen amor. Que era o parecía un río enardecido. Un amor pequeñito, con un sendero tibio y olor a tallo verde. Y, sin embargo, pequeño como era, llegaba como una inmensa ola arrasadora. Como una bendita primavera que se desborda en la sangre.
Y siempre, casi siempre, era un principio en derroche, en presencia, en detalles…
Después pasaban los días o los meses, y a veces, ese amor pequeñito, sentía volarse libre a otros parajes. Volarse, aún no sé, tal vez presuntuoso, sabiéndose certero de haberlo dado todo.

Volaba y me dejaba sumida en aquel hueco de su ausencia. Mirando hacia mi vértigo o mi miedo, sintiendo mi dolor y mis propias carencias. Recordando entre llantos, su tacto, su enigma, su misterio, sus porqués y por dónde se habrá esfumado en el aire. 

Recuerdo que volaba, ¡Sí! y se llevaba sus alas y alguna que otra pluma de las mías. Después llegaba el ciclo en que todo enmudecía por un tiempo. Y ya no era su voz, ni su brisa temprana blanqueando mis mañanas.

Me he engañado a mí misma, tantas veces con amores finitos y pequeños; con quereres que simplemente eran principio en tallo verde y derroche… Que ahora por fin, ya puedo constatar: que el amor, si es del “bueno” perdura con el tiempo y vive en las estaciones. Que hace falta un verano, un otoño, un invierno… Tal vez, hasta un confinamiento antes de que la impaciencia en la espera quiera hablarte de abril, de lluvias, de loca primavera corriendo por la sangre.
Ahora sé, porque así lo siento: que el amor que es Amor no requiere de esfuerzo. Que es inmenso en sí mismo y atraviesa los tiempos, las millas, los miedos, los silencios y hasta los continentes. Que vive en el presente y el ahora. No busca firmemente una certeza, no necesita una prueba o una señal de amor. Está vivo en el gesto, en la voz, en las pupilas. No se oculta, no calla, ni tan siquiera perece, cuando algo le asusta. Simplemente respira y florece y te ayuda a florecer en ti y en él. Se sabe llama viva y te mantiene vivo entre sus propias ascuas, porque del fuego vino y fuego siempre será.

He aprendido a sentirlo así mismo; como un amor a mi Aire de Fuego, Tierra y Agua. Como esa Madre Gaia real y tan fructífera que cada día que pasa, te nutre más y más. Como una noble madera del roble al que me abrazo, o como el metal precioso que siempre supe, que no puede oxidarse a la intemperie. Así lo siento, así es, así sea y será…Y ¿Sabes por qué?

Porque ese Fuego, esa Agua, esa Tierra o Madera y hasta ese Metal, simplemente SOY YO y ERES TÚ.

Yo, en mi mujer completa y elemental. Yo, en mi mujer chamana que despierta a la vida, más viva, en este encierro. Yo, cuando al fin puedo ver que ya NADA me falta porque lo tengo TODO. Que me Tengo y me Soy y me he estado intentando, cada uno de los días de este confinamiento: un verbo fiel y perenne a lo que mi sueño ama. Por eso, justa ahora, he vuelto a estudiar el alma de las flores… Para beber de su esencia más pura, cual medicina sagrada que sana al propio corazón de sus temores.

¡Libre, mi corazón de selva! Eternamente verde y libre de aquel viejo patrón del miedo y la carencia.

Han vuelto a venir a mi memoria las frases de mi hermosa madre-abuela María: “Si algo no es para ti, déjalo volar. Y al amor pequeñito ¡Déjalo que se vaya, niña mía!”

Eso repito y reafirmo, leyéndome despacio en el alma de las flores. Y lo he hecho, solamente, por un amor sencillo hacia mí misma. Porque a través de las flores he estado aprehendido a deshojarme. A sanarme, a habitarme, a vivir en el agua, en la calma, en la noble esperanza de un presente mejor.
Y cuando por fin llegue mañana el final de este encierro, cuando salga a la calle y el silencio del aire aún se palpe, sabré: que todo valió la pena. Que esto ha sido un regalo del cielo para mí y que el alma de las flores me trajo al corazón el mantra y la canción de amor para una nueva vida perenne en el AHORA.

Y entonces sentiré que el miedo es solo blanco, igual que las primeras nieves. Tan blanco y tan blandito que ya podré tocarlo, mirarlo muy valiente a los ojos con toda la certeza de este mundo y descalza, muy descalza de armas y batallas. Seré capaz de abrazarlo y de fundirme con él, sanando en mí la herida que lo trajo a mis días.

Y sabes por qué…

Porque en el amor a mí misma que he estado trabajando y bebiendo en este encierro, he estado poseyendo:

El cofre del tesoro entre mis manos.

Lotus-Loto
del sistema Flores de California
Imagen de la red
Diosa Lakshmi
Imagen de mi amigo Sandeep Sharma