Nunca os pedí permiso…

mis hijos
mis hijos

A mis hijos…

Yo quería ser madre sobre todas las cosas y nunca pensé en pediros permiso, hijos míos. Nunca he sabido, si vosotros querías ser hijos. Si acaso os gustaría, llegar a través de mi cuerpo a este lugar llamado “Tierra”.

Nunca me pregunté si vuestro padre y yo, acaso éramos los padres que vosotros debíais tener. Ni cómo os podrías sentir,  por ejemplo, despertando una mañana de Reyes lejos de mí porque vuestro padre y yo, llegó un día, en que ya no pudimos seguir estando juntos hasta lograr veros transformados en hombres. Lo siento, hijos míos. Creedme si os digo, que fue lo necesario.

Hoy al despertar, al sentir vuestra ausencia,  me he dado cuenta de todo esto. Desde entonces: no siempre estamos juntos y no siempre habré sido un buen ejemplo para vosotros.

Yo  deseaba  ser vuestra madre por encima de todas las cosas y ahora que ya sois mayores y podéis comprender todo mucho mejor, ahora, os escribo por fin esta carta.

Ya habéis podido comprobar en vuestras carnes; que en esta tierra hay dicha y en esta tierra también hay llanto. Que a veces duele mucho crecer y abrirse paso en la vida y que no siempre puedo ayudaros, ni daros, tal vez,  todo lo que vosotros consideráis necesario para vosotros. Y lo siento por ello, hijos. Sólo quiero que sepáis que os sigo amando siempre, aunque a veces no podamos llegar a comprendernos y por eso,  acabemos alguna vez, enfadándonos entre nosotros.

Debo deciros que desde que llegasteis aquí; siempre he deseado vuestro bien y a pesar de no haberos preguntado,  si acaso deseabais venir aquí conmigo,  para que yo también creciera en este mundo; no puedo ni imaginar lo que sería estar aquí, en esta Tierra,  sin vosotros. Y por eso, aunque nunca os pedí permiso…

¡Gracias por haber venido,  hijos míos!!

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Jordi y Nil, mis hijos

Dentro del Temazcal, fin de año 2014. Arbucias

imagen de Elisabet Rodríguez
Imagen de Elisabet Rodríguez

Estoy en Arbucias. Es la noche de fin de año y es la primera vez que voy a participar en una ceremonia de Temazcal*.

Estamos todos sentados frente al fuego del Temazcal. Una rueda de mujeres, hombres y niños. También hay un perro con nosotros. 

Ojos de llama en la noche, prendidos por los reflejos del fuego en la oscuridad. Estrellas, sobre la rueda de la noche. Cantos de agua sagrados que inundan el silencio del corazón de la inmensidad. Corazones de fuego, empoderándose en la rueda.

Siento que todos ellos comprenden y aman la fuerza del ascua, de la piedra, del bosque, de la noche y de la inmensidad.

Después de los cantos, entramos en el Temazcal.

Pero mis ojos aún eran de lluvia y mi corazón un frágil navío perforado a punto de naufragar.

Una vez;  yo era una mujer, dentro de esta mujer, que no escuchaba el vientre de la Tierra. Completamente sorda, herida y sin raíz. Dispersa, ante el abismo más ciego de no saber reconocerme: hija del espíritu del aire, del agua, del fuego, de la tierra…

 He sabido que el fuego regresa a ti;  cuando sientes la sangre  fluir en ti conscientemente y el miedo se te empieza a licuar en la oscuridad, mientras el vientre de la Tierra y el chamán que está guiando el Temazcal te sostienen. 

Cuando mi cuerpo de sangre se sienta sobre la tierra y empiezan a entrar las piedras, las abuelas, las ascuas vivientes de la hoguera; siento un calor muy intenso que empieza a abrirse paso en mis pulmones. Me arde cada poro de la piel y los pulmones. Casi no puedo respirar. Igual que un bebé, instantes después de salir del vientre de su madre: no puedo respirar.

Siento una bola inmensa debajo del diafragma. No sé qué es.  Me asfixio. Siento que muero o algo de mí se muere. No sé qué es, no sé que soy. No puedo analizarlo: porque me asfixio. Mis pulmones abiertos,  sólo inhalan el calor del fuego sobre el miedo que estoy sintiendo. Escucho los cantos y los rezos de las mujeres y los hombres bajo el techo del Temazcal. Parece que canten también dentro de mi pecho y  empiezo a olvidar que no puedo respirar y que ni siquiera he podido cantar como ellos.

Y mi pecho, lleno de agua, se desborda. Mis ojos se desbordan.

Tengo una inmensa bola justo en el estómago. No sé qué es. No sé qué soy. No soy, no soy, no soy. Pero mis ojos ya se han hecho a la oscuridad y mis pulmones se van acostumbrando al inmenso calor, dentro del Temazcal.

La lluvia del corazón se licua sobre la tierra.

Tumbada sobre la tierra, mi llanto es mi corazón que vuelve a anhelarse y anhelarme y se llena de sangre con el calor del vapor que desprenden las piedras hechas ascuas, rociadas por el agua.

Ahora sólo escucho el vientre de mi madre milenaria: la Tierra.

No soy.

Soy ella.

Mis lágrimas saben que dentro del Temazcal, soy ella.

Ahora ya no siento ningún temor.

Ahora, puedo cantar con mis hermanos. He regresado al corazón de la tribu.

He vuelto a mi corazón, dentro del Temazcal.

Mi corazón

ahora

es mi fuerza.

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*El Temazcal es un ritual ancestral  procedente de las culturas nativas de américa. Desde la antigüedad, se ha empleado como herramienta de sanación en la medicina tradicional.  Requiere de una laboriosa preparación de la hoguera, en la que se introducen las piedras, que posteriormente serán llevadas al interior del Temazcal por los “hombres de fuego”

En el interior del Temazcal, un guía Temazcalero conduce el ritual.  Cuando los hombres de fuego van entrando las piedras candentes, el guía las sitúa en el interior de un agujero excavado previamente en la tierra y les va rociando agua y alguna planta medicinal.  Se produce un vapor que inunda el interior del Temazcal y eleva la temperatura.

Es una vivencia de crecimiento personal. 

Si deseáis participar en una ceremonia de Temazcal, podéis dirigiros al enlace que os muestro más abajo. Carlos Solrac es el guía que lleva a cabo los rituales y el que prepara y organiza los encuentros.

https://www.facebook.com/groups/temazcalme/