Día 4, December. “Inanición y riesgo”

Copia de CIMG3751 (1)

El Dios del arrozal

No conozco el tiempo bobo.

No me aburro, ni me lloran los ojos.

No es preciso llorar para estar vivo.

Nadie recuerda el día de mi nacimiento

y sin embargo, nace un día tras otro sobre mí.

Siempre soy la misma senda en tu camino

Y mi hombro sobre tu hombro.

Soy una mujer de las antiguas;

la que cocina en tus días y sueña bien poquito.

Le pongo cobijas a tu sombra de paz mientras descansas.

Tú caminas delante, yo siempre voy detrás.

Las hijas de esta tierra; todas las nuestras,

aquellas que son como mi madre van conmigo.

 Aquí nadie se queja. Hay que labrar y sembrar.

Llevar la luz al grano sobre los campos.

Rezar todas las noches al Dios del arrozal.

Porque aquí hay tanta gente, con hijos, padres, nietos

¡Muertos-Vivos-Muertos!

Tantos hombres con caminos que viran y casi siempre regresan

al mismo lugar del entrepecho para que uno sepa:

que aún le queda corazón por dentro.

Y yo, camino detrás tuyo y nunca lloro.

Porque mi hombro se apoya sobre tu hombro.

Pero alguna vez es él,

el Dios del arrozal

el que lleva la lluvia hasta mis ojos.

Poema publicado en el blog “mujer de aire”

Día 4, December. “Inanición y riesgo”

Pedirle otro destino a la palabra y no encontrar la fuerza. No encontrar la calma. No poder remitir del cansancio. Ni poder sopesar todavía, hacia qué lado se inclina la balanza. Y no poder escribirse en el hueco del pecho, ni siquiera en el frío paisaje de la noche. No estar por no ser nada. Por una nada ser solamente un no Ser. Cerrar los ojos para asistir a la vida y respirarle bocanadas de aire, que como hielo, desgarran los pulmones y siguen congelando la herida sobre los días.

Haber asistido al precipicio. Y ser porque sientes el témpano del menos cero grados. Sobrevivir, porque mueres en la piel de otra mujer. Porque viviste dentro de un cuerpo con una tez de sombra. Porque viviste en una historia que no podías borrar de tu memoria de error y sólo le dictabas al latido sumisión.

Inanición y riesgo. Morir sólo por dentro, habiendo constatado que el amor jamás te matará por fuera.

Golpea y golpea.

Pero tú… no vuelvas a decir nunca más que esa mierda que dabas era amor.

“Te amaré por los siglos de los siglos” _ amén lo firmo

Y mentira sobre mentira, te abrasaré en los siglos.

Y yo, no poder sopesar aún la balanza. La ira contra la ausencia.

Pero sé que  conocí, o mejor dicho viví en la piel de una mujer transocéanica. Una mujer hermosa y soñadora. Romántica e intrépida. Una mujer sin accidentes, de sólo 36 y tan valiente: como para atreverse a cruzar continentes para estrellarse en ti.

Inanición y riesgo. Sopeso en la balanza: a ella ya no la tengo, pero me tengo a mí. Y en mi “ahora” contengo todo el verbo y el valor del error cognitivo. Y ahora, una vez más, la fiebre de un diciembre de aullido pidiéndome que vuelva a cometer en mí: la pura vida.

Un Diciembre pidiendo: que me escriba en el aire y lo haga sin ella. Pidiendo: ¡Qué me inscriba en la tierra! ¡Qué vuelva a ser la vida! ¡Qué vuelva a ser el ala! ¡La rama y la poesía!

Qué me escriba en el aire y que me viva: sin ti.

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